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La ciencia y, por extensión, su pensamiento no son humanamente fáciles de comprender. Con esto quiero decir que la evolución biológica no ha predispuesto a la mente humana para la asimilación lógica e intuitiva de la ciencia. Más bien al contrario, somos proclives a mantener creencias e ideologías, a enlazar causas con efectos que no están relacionados, a estimar burdamente las probabilidades de un suceso… Así que como la ciencia, para asegurarse la objetividad, intenta observar la naturaleza apartando al ser humano y a sus engañosas percepciones, no suele ser santo de nuestra devoción.

La propia teoría de la evolución, como resultado de la ciencia que es, tampoco resulta fácil de comprender ni asimilar. Para empezar, nos priva de la bíblica sentencia según la cual “fuimos creados a imagen y semejanza de Dios”, y nos coloca en un lugar nada privilegiado de un árbol genealógico donde, además, tenemos a los primates de (para algunos) incómodos antepasados.
También es fácil que nos deje confundidos el modo en que opera la selección natural en la biología, donde la solución precede al problema. Variaciones aleatorias en los individuos que se volverán predominantes si suponen cambios favorables para la adaptación al medio. No existe planificación previa, ni objetivo o propósito que cumplir. El azar actúa y la naturaleza criba a posteriori, ni más ni menos.

Y aquí está la clave. Los seres humanos no nos sentimos cómodos con la incertidumbre, el azar, ni en general con ningún aspecto que suponga falta de propósito o dirección a seguir. Por eso relacionamos erróneamente “evolución de las especies” con “progreso de la vida”. Por este mismo motivo, no solemos entender la investigación científica sin una aplicación o utilidad directa.

En una conferencia dada por el físico teórico David Kaplan, en la que hablaba sobre el acelerador de partículas del CERN (el Gran Colisionador de Hadrones o LHC) un asistente, que se identificó como economista, preguntó:
– Supongamos que tenéis éxito y que todo sale bien. ¿Qué ganamos con ello? ¿Qué beneficio nos aporta?

A lo que David Kaplan respondió:
– Pues la respuesta es muy sencilla. No tengo la menor idea.

La misma situación se dio a finales del siglo XIX cuando preguntaron a Heinrich Hertz por las ondas electromagnéticas cuya existencia acababa de demostrar: *
– No tiene utilidad en absoluto. Se trata simplemente de un experimento para demostrar que el profesor Maxwell tenía razón. Tenemos estas misteriosas ondas electromagnéticas que no podemos ver a ojo desnudo, pero ahí están.
– ¿Y qué vendrá a continuación? –inquirió un estudiante.
– Pues nada más, supongo –contestó Hertz.

Inhibición de crecimiento en bacterias causada por la penicilina que produce el hongo. Radiografía de la mano de Anna Bertha Röntgen, esposa del descubridor de los rayos X, 1895.

Pero qué sería de la ciencia sin la simple curiosidad exenta de intención práctica. Qué sería de las telecomunicaciones actuales sin las misteriosas ondas que detectó Hertz. Qué sería de la medicina si Wilhelm Röntgen no hubiera investigado esa extraña radiación (tan enigmática que la bautizó como rayos X) que se escapaba de un tubo de Crookes, y que veló unas placas fotográficas que tenía en un cajón de su escritorio; o si Alexander Fleming hubiera tirado a la basura esa placa de cultivo contaminada por un hongo que, curiosamente, ahuyentaba las bacterias a su alrededor.

La ciencia básica (la que busca incrementar el conocimiento sin fines prácticos inmediatos) debe funcionar como lo hace la evolución biológica: con el único estímulo de abarcar posibilidades, de explorar campos, de enfrentarse con lo desconocido sin propósito preestablecido. No obstante, esto no supone licencia para investigar cualquier cosa intrascendente o extravagante, como sucede en ocasiones a causa de la mediatización de la ciencia.

Un ejemplo de ello fue publicado en la revista Nature el 4 de enero de 1996 titulado “Efectos analgésicos de la mirra”. La relevancia del artículo era mínima pero debido a la semana en que se publicó, el comunicado de prensa rezaba así: “¿Por qué los tres Reyes Magos llevaban mirra?”. Un artículo totalmente irrelevante pero altamente noticiable y adaptable a la actualidad de la semana, del que se hicieron eco prensa, radio y televisión. El autor del artículo obtiene, por un trabajo sin trascendencia, una publicación en una revista de impacto que será citada en numerosas ocasiones por su repercusión mediática.

Otro caso más actual es el que reseña Leopoldo Abadía, autor del libro La crisis ninja y otros misterios de la economía actual, y divulgador de los oscuros aspectos financieros que desembocaron en el crash de 2008. Leopoldo, al enterarse de que un asteroide que iba a destruir la Tierra en el año 2880, finalmente, no va a chocar contra nosotros, escribió un artículo con su característica ironía en el que afirmaba: “me he quedado más tranquilo”. Como respuesta a su comentario, un lector le dedicó este tweet:

Leopoldo Abadía junto a su perro, Helmut

Así es como un famoso economista se descubre como un perfecto ignorante en ciencia”.

Quizá se pueda tachar a Leopoldo de buscar un excesivo sentido práctico a la ciencia (al fin y al cabo, es ingeniero), como he comentado en la primera parte del post. Pero a mí me conduce más a reflexionar sobre lo dicho en la segunda parte: la ciencia mediatizada es la que genera esta caricatura, y la que provoca que los lectores no se tomen muy en serio investigaciones como estas. Estudios como los mencionados, el de la mirra de los Reyes Magos o el del asteroide que se espera para finales del siglo XXIX, hacen un flaco favor a la ciencia que de verdad persigue la búsqueda de conocimiento, sin caer en la tentación de conseguir notoriedad mediante una información tan noticiable como irrelevante.

Contorno del túnel del Gran Colisionador de Hadrones del CERN, en la frontera entre Francia y Suiza.

Pero ahora la cuestión está servida: ¿Cuáles son investigaciones relevantes y cuáles no? Por ejemplo, el ya nombrado LHC del CERN es, básicamente, un túnel de 27 km de circunferencia donde los físicos se lo pasan bomba haciendo chocar partículas a casi la velocidad de la luz, y celebran con gran alborozo los restos resultantes de la colisión. Puede parecer intrascendente para nuestra vida. Intrascendente y muy caro, como demuestran los 2.170 millones de euros de presupuesto para su construcción. Entonces, ¿es esto una extravagancia más como lo de la mirra y el asteroide? Pues más bien no.

Los experimentos que se llevan a cabo en el LHC van a poner a prueba teorías e hipótesis en las que físicos de todo el mundo llevan trabajando 30 o 40 años. Miles de científicos han dedicado sus vidas a investigaciones que el LHC se encargará de validar o refutar. Supone la comprobación experimental de la dirección que habrá de seguir buena parte de la ciencia del presente siglo. No parece que suene baladí.

Respecto al coste, quizá no suene tan escandaloso si tenemos en cuenta que el presupuesto de los equipos de fútbol de primera división, solo para la temporada 13/14, ascendió a 2.030 millones de euros. Y todo para que la gente se lo pase bomba viendo golpear un balón, y celebrar con gran alborozo el resultante de una colisión: el esférico contra la red.

* Dynamical fields and waves (The Physical World), Andrew Norton (ed.), CRC Press, 2000.

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