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A la domesticación animal se llega inhibiendo sus instintos. Modificando su comportamiento. No basta con retirarlos de su ambiente natural, sino que hay que extirparle las respuestas naturales que garantizan su supervivencia en condiciones salvajes.

Esta es la conclusión a la que han llegado los investigadores Kerstin Lindbald-Toh, Leif Andersson y colaboradores al estudiar los cambios genéticos que han tenido lugar en la domesticación del conejo (Science 2014: DOI: 10.1126/science.1253714).

¿Por qué el conejo como modelo de estudio? Su elección no es fortuita ni oportunista, sino bien justificada para el buen desarrollo del proyecto cuyo principal objetivo es detectar que cambios genéticos tienen lugar en las primeras fases de la domesticación.

La gran variedad de conejos domésticos y su amplia distribución por todo el mundo puede crear la falsa impresión de que el conejo ha sido un animal que ha acompañado al hombre por miles de años, como perros o vacas, pero su historia es mucho más reciente, y curiosa.

Breve historia del conejo europeo o ibérico

En su origen, la distribución del conejo (Ortyctolagus cuniculus cuniculus) se limitaba básicamente a la Península Ibérica.

Generalmente se acepta que la palabra latina de Hispania deriva de la palabra fenicia i-shepan-im (“costa o isla de los damanes”).

Se postula que la similitud morfológica entre los damanes, abundantes en Oriente Medio, y los conejos ibéricos, les llevó a llamar así a las orillas ibéricas alcanzadas en el 1100 a.C.

Al parecer la abundancia de conejos en sus tierras llamó la atención de viajeros e historiadores griegos. Los cuales ya entonces se percataron de las diferencias entre los conejos ibéricos y las liebres de sus tierras.

Así el historiador griego Polibio (200 – 118 a.C.) escribe:

“Visto de lejos el kyniclos se asemeja a una liebre pequeña; más cuando se le coge en las manos se ve que es muy diferente, teniendo otra forma y sabiendo al comerlo, de modo muy distinto. Pasa la mayor parte del tiempo bajo tierra“.

Posteriormente los romanos denominarían a esas tierras Hispania, posiblemente derivado del término fenicio, pues al conejo lo llamaron cuniculus por sus hábitos excavadores y vivir en madrigueras. En las monedas hispano-romanas de la época de Adriano (118 – 137 d.C.) figuraba la imagen de un conejo representando las provincias de la Hispania.

Plinio el Viejo en su Naturalis historia (antes del 77 d.C.) constata su abundancia:

“Existe también una especie de liebre en España que se denomina cuniculus. Es extremadamente prolífica y ha llegado a causar hambruna en las Islas Baleares al haber destruido las cosechas. Los gazapos recién nacidos o lactantes, sin desollarlos, son considerados un alimento exquisito“.

 

Ambas cualidades: su rápida reproducción y su exquisitez daría lugar a que las legiones romanas los distribuyeran ampliamente por toda Europa, en conejeras cercadas donde los criaban para su consumo.

De los cercados, denominados “leporaria”, escaparon, y se naturalizaron en sus nuevos ambientes, extendiéndose por todo el Imperio romano, aunque con cierta lentitud.

Pues, a pesar de su facilidad reproductora, los conejos tienen un gran número de depredadores, como aves rapaces, mamíferos carnívoros y omnívoros e incluso reptiles.

Pero ello no impidió que a en siglo XIX hubiese alcanzado una distribución mundial, encontrándose poblaciones silvestres en Australia, Chile, Nueva Zelanda, Norte América, Sudáfrica, etc.. Estudios genéticos de ADN mitocondrial han demostrado fehacientemente. que el ADN de los conejos silvestres y todas las razas domesticas proviene de individuos originarios de la Península Ibérica.

Sin embargo esa cría en conejeras no requiso un verdadero proceso de domesticación.

Los romanos, al parecer nunca llevaron a cabo cruces selectivos.

La domesticación no tuvo lugar hasta el siglo VI en unos monasterios franceses.

Y su domesticación quizás no hubiese tenido lugar si el Papa Gregorio I no hubiese categorizado a los gazapos o crías de conejos como peces en lugar de carne, al parecer por petición de los propios monjes.

La petición estaría motivada por la extensión de la Cuaresma (más de 180 días de ayuno) en aquellas épocas que les prohibía el consumo de carne, y la dificultad para criar peces en los monasterios, pero la facilidad de criar conejos en cercados.

Al permitirse su consumo, los monjes se entregaron a la domesticación del mismo, cruzando selectivamente a individuos más dóciles y no huidizos, para facilitar su cría y al mismo tiempo evitar su estrés en condiciones de cautiverio.

Y así empezó la domesticación del conejo, hasta las más de 200 variedades que existen hoy en día.

Los efectos de la domesticación del conejo son varios. Por un lado los animales se vuelven menos miedosos, tímidos y ariscos. Por otro aumenta el peso corporal hasta cuatro veces la del tipo salvaje, se reduce el peso relativo cerebral, acompañado de una reducción del tamaño del ojo, del corazón, e incluso de la proporción de esqueleto. Pero lo más llamativo son el incremento en el tamaño de las orejas, la conformación corporal y en las capas y los que tienen lugar en la textura del pelo.

Así pues, conociendo la historia de la domesticación del conejo, el equipo internacional dirigido por Kerstin Lindbald-Toh and Leif Andersson, consideraron al mismo como el mejor modelo para genotipar buscando los cambios genéticos que causan las marcadas diferencias entre las variedades domesticadas y las poblaciones salvajes. Un tipo de estudio irrealizable con otras especies domesticas, cuyos ancestros silvestres han desaparecido o se encuentran ampliamente distribuidos, habiendo tenido lugar la domesticación en diferentes puntos geográficos que dificulta la interpelación de los resultados.

Para el estudio se limitaron a incluir individuos de seis variedades domesticas e individuos salvajes de las poblaciones originales (3 poblaciones del sur de Francia y 11 de la Península Ibérica), y llevaron a cabo un genotipado masivo de los mismos.

Los resultados, la identificación de más de 50 millones de polimorfismos de nucleótido simple o SNP (del inglés; Single Nucleotide Polymorphism), y 5,6 millones de inserciones o deleciones.

Los SNPs son variaciones en la secuencia de ADN que afectan a una sola base, de las cuatro posibles (adenina, timina, citosina, guanina), de una secuencia del genoma, que se encuentra al menos en un 1% de la población, considerándose de lo contrario como una mutación puntual.

Los SNPs suelen considerarse como una forma de mutación puntual lo suficientemente exitosa evolutivamente como para fijarse en una parte significativa de la población de una especie.

Con toda esa montaña de datos, los primeros resultados son la descripción de una gran variación genética en las poblaciones originales: la más alta descrita hasta el momento en ningún mamífero, y que puede deberse al gran tamaño de sus poblaciones y su rápida reproducción, comparada con otros grandes mamíferos con los que se han llevado a cabo este tipo de análisis.

Para luego confirmar que la domesticación tuvo lugar en los monasterios del sur de Francia, pues las variedades domésticas se asemejan más a los conejos franceses que a los de las poblaciones ibéricas.

Al analizar con mayor detalle las diferencias genéticas entre las variedades domésticas y las poblaciones francesas han descubierto que un gran número de las mutaciones observadas afectan al desarrollo de diferentes partes del cerebro y sistema nervioso.

Un análisis paralelo de los genes modificados, con genes de ratas de los cuales se conoce sus efectos, delata que muchas de ellas afectan a los órganos sensoriales y al cerebro.

Así pues, durante la domesticación del conejo, los monjes, se fueron seleccionando y fijando en los mismos, aquellas mutaciones cuyos genes principalmente afectan el desarrollo neuronal y cerebral, modificando así su conducta.

Se obtuvo así un conejo que en lugar de reaccionar y escapar ante la presencia de un depredador potencial, como el humano, se vuelve tolerante al mismo, hasta el punto de convertirse muchas de sus variedades en animales de compañía.

Así pues, la domesticación no solo consiste en retirar de la naturaleza al animal, sino también en retirar los instintos más naturales del animal.

Conclusión simular a la descrita por Wilkins y colaboradores en una publicación el pasado verano (Genetic 2014, 197:795-808. DOI: 10.1534/genetics.114.165423) al analizar los “síndromes de domesticación” generales que se han seleccionado en todos los mamíferos domésticos.

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