Debemos tomar conciencia del mundo que habitamos.
El aquí y ahora de nuestro planeta vienen definidos por la astronomía y la geología. El aquí de la astronomía nos sitúa como un pequeño planeta orbitando elipsoidalmente alrededor de una de las miles de estrellas que conforman uno de los brazos espirales de la galaxia bautizada en tiempos remotos como Vía Láctea. La cual a su vez forma parte de un enorme conglomerado de galaxias que los físicos llaman Virgo, uno de los millones que parecen contener el vasto y aún desconocido Universo. Esta es la posición estelar del diminuto, observado desde fuera y en su totalidad, mundo que habitamos. Por otro lado la geología data nuestra posición temporal en el Holoceno, una época de unos 11.000 años que se caracteriza por una gran estabilidad geológica y de unas condiciones climáticas clementes dentro del periodo Cuaternario, lo que propició el surgimiento de la autodenominada civilización humana. Las previas épocas del Cuaternario se caracterizan por sus cambios climáticos bruscos que incluyen un gran número de diferentes periodos glaciares que se conocen como Edad del Hielo. El Cuaternario a su vez cabe dentro de la Era Cenozoica o Era Terciaria, un lapso de tiempo que se extiende unos 65 millones de años durante los cuales se abrió el Atlántico norte, se cerró el mar de Tetis entre Eurasia y Arabia y se alzaron las montañas del Himalaya, y las cordilleras de los Pirineos y los Alpes. A lo largo de esta Era, la superficie terrestre vivió el florecimiento, nunca mejor dicho, de las plantas con flor (angiospermas) y la diversificación de los mamíferos. Y así, el registro fósil y la dotación de la composición de las rocas van trazando un calendario hacia el pasado que se va reajustando ligeramente continuamente y que se pierde en el eón Fanerozoico de más de 540 millones de años donde los fósiles escasean y el tiempo se vuelve escurridizo y difícil de rastrear.
 
¡BIENVENIDO A LA ERA DEL HOMBRE MODERNO!
Sin embargo nuevas voces de científicos abogan que el Holoceno ya lo hemos dejado atrás y que hemos entrado en otra época que han bautizado como Antropoceno, la Era del hombre moderno, la era en la que los humanos modelan el ambiente y la Tierra según sus necesidades. De manera consciente y voluntaria en ocasiones y de manera involuntaria en muchas otras como consecuencia de sus acciones voluntarias. Así el planeta ha sufrido en los últimos años unos agravios sin precedentes en la historia que va desde la explotación de los fondos marinos, a la construcción de colosales presas, drenajes de ríos y deltas, perforación de inmensas minas o explotación de pedreras y canteras que hacen desaparecer montañas enteras, deforestaciones masivas para edificaciones urbanas, creación de extensiones inalcanzables a la vista de monocultivos, sin mencionar la extinción de los recursos animales como la pesca incontrolada o el uso excesivo de insecticidas. Un listado enorme de despropósitos ecológicos con o sin conocimiento cuya mayor consecuencia son el debatido cambio climático, la acidificación de océanos y mares, o grandes cambios en la composición química de la atmósfera.
Todas estas alteraciones están dando lugar a una rápida desaparición de glaciares, la desertificación de nuevas regiones y continuos cambios en la distribución de masas forestales y especies animales que procuran reencontrar las condiciones climáticas perdidas en sus previas distribuciones como consecuencia del calentamiento global.
En su afán por crear un mundo a su medida, el hombre ha ido a lo largo de su historia, y especialmente en el último siglo y medio desatendiendo y destrozando el mundo natural sin ser consciente de su dependencia, económica, fisiológica, psicológica y emocional. Se estima que se talan unos 130.000 kilómetros cuadrados por año de zonas forestales, y que más del 75% de la superficie terrestre ha sido alterada para las actividades humanas, y la lista roja de especies en peligro de extinción no hace más que incrementar con cada nuevo informe.
En los últimos siglos los avances científicos se dedicaron a desplazar al ser humano de una privilegiada posición central, a una posición periférica dentro de las Ciencias Naturales: primero con Copérnico moviendo la Tierra como centro del universo defendida por la Iglesia, y tres siglos más tarde con Darwin al situar al ser humano como una rama más del árbol evolutivo, quitándole así el título de especie privilegiada. Sin embargo, lamentablemente, la Era del hombre moderno devuelve al humano el centro de atención dentro de las Ciencias Naturales, pues éste ha pasado de ser un mero y pasivo observador del mundo natural al elemento con mayor peso e influencia en los cambios que están teniendo lugar en el mundo natural. Las actividades humanas están no solo consumiendo todos los recursos naturales a un ritmo vertiginoso y peligroso, sino que con ello están alterando los ciclos atmosféricos y geológicos que regían la Tierra hace poco más de un siglo cuando empezó la revolución industrial, determinando y arrastrando con ello no solo su futuro, sino el de todos los organismos con los que comparte el planeta.

LA ADORACIÓN DEL CRECIMIENTO ECONÓMICO

Escuchando los discursos de la mayoría de políticos y economistas (que se presentan abierta y descaradamente como los nuevos gobernantes del mundo en los últimos años), el crecimiento económico parece ser la religión secular del mundo. Sin embargo para una gran mayoría del mundo, es un Dios fallido, un Dios caído en desgracia, tanto para países en desarrollo como para las denominadas sociedades ricas en las que en estos momentos su veneración está generando más problemas de los que está resolviendo. Susodicha adoración, y fe ciega en sus doctrinas no solo está agravando la calidad de vida de individuos, familias, comunidades o países enteros, sino que al mismo tiempo va empujando al conjunto entero de la humanidad y todos los organismos vivos con los que compartimos el planeta hacia una catástrofe ambiental que se viene denunciando desde los años 70 pero sin apenas consecuencias, negada e ignorada por las políticas que se aferran al crecimiento económico.
Los defensores de la doctrina del crecimiento ilimitado, censuran el discurso contrario argumentando que es mediante el crecimiento y el enriquecimiento que se pueden desarrollar tecnologías que permitan combatir los efectos del calentamiento global (cuando éste es reconocido, que no lo es en la mayoría de los casos), y una explotación más respetuosa con el medio ambiente. Siguen considerando y categorizando a aquellos que hablan en contra del crecimiento económico como de personas anti-nucleares, anti-tecnología y anti-industria, de gente que quiere dar un paso atrás en lo que ellos denominan civilización, sin escuchar muchas de las nuevas voces de ecólogos y ecologistas que se alzan en la defensa del medio ambiente que no demonizan la tecnología ni la industralización, pero sí el crecimiento perpetuo. Claman un cambio de mentalidad en las sociedades, a través de la educación y sus políticas, que conlleve una contracción intencionada de unas economías tremendamente sobredimensionadas e infladas bajo el falso mito de que el crecimiento es la única solución para las economías de los países y sus sociedades. Un mantra con el que se inculca a los niños desde edad temprana, para así asegurarse nuevas generaciones dóciles y temerosas ante un posible cambio de estilo de vida, que cada vez parece más y más necesario. Cuando en 1972 se publicó el libro «The limits to growth» (PDF disponible gratuitamente aquí) en la que evaluaban varios modelos de crecimiento, la mayoría de ellos prediciendo un colapso del sistema por agotamiento de los recursos, se alzaron un gran número de voces en contra por el poco realismo y simplismo de los modelos empleados. Sin embargo recientes reediciones actualizadas del mismo 30 años más tarde, y otros estudios han alertado que la situación actual, casi 40 años más tarde no solo se ajusta mucho a los modelos, sino que en algunos casos es peor de la que dibujaban los diferentes escenarios matemáticos. El agotamiento de varios recursos no renovables que hoy en día resultan indispensables para la elaboración de baterías, paneles solares, medicamentos, etc puede tener lugar en menos de dos o tres décadas, mientras que el de recursos pesqueros o de terrenos buenos para la agricultura podrían tener lugar en menos de un siglo.
Estos son algunas de las posibles consecuencias de una ideología que cada vez resulta más incomprensible e insostenible para una parte de la sociedad que ve como el Dios del crecimiento económico, personificado en el consumismo, erosiona la calidad de vida de millones de vidas en una búsqueda implacable globalizada de recursos naturales y de energía alejándose cada más de las más profundas y básicas necesidades humanas. Pisoteando y hundiendo países con el fin de prorrogar la persistencia de un sistema consumista que ha fallado en sucesivas situaciones, pero al que economistas y políticos siguen aferrándose como quien se aferra ciegamente a una religión, sin considerar el dolor y daño que hacen con ello a millones de vidas y al mundo en su conjunto. Debe darse un cambio, la gente debe recapacitar sobre sus actuaciones y ser conscientes de ellas, y pensar seriamente si los escenarios de colapso que cada vez se perfilan más próximos son los que deseamos para nosotros mismos, o para nuestras más próximas generaciones. El tiempo pasa y nada cambia, deberíamos pensar en ello. O mejor, dejar de pensar en ello y empezar a actuar.
Ilustración de Jacques Cardon
Os dejo con un fragmento del discurso de Severn Cullis-Suzuki, la niña de 12 años que en la Primera Cumbre de Medio Ambiente y Desarrollo celebrada por la ONU en Río de Janeiro de 1992  silenció y avergonzó a diplomáticos y políticos durante 6 minutos. Lamentablemente, la ya no niña, sino bióloga y activista ambiental el año pasado tuvo que acusar en su segundo discurso ante la ONU de que entre 1992 y 2012 nada había cambiado. Ver el vídeo completo con su discurso aquí.
«Todo esto ocurre ante nuestros ojos, y seguimos actuando como si tuviéramos todo el tiempo que quisiéramos y todas las soluciones. Soy sólo una niña y no tengo soluciones, pero quiero que se den cuenta: ustedes tampoco las tienen.
No saben cómo arreglar los agujeros en nuestra capa de ozono. No saben cómo devolver los salmones a aguas no contaminadas. No saben cómo resucitar un animal extinto. Y no pueden recuperar los bosques que antes crecían donde ahora hay desiertos.
Si no saben cómo arreglarlo, por favor, dejen de estropearlo.
Aquí, ustedes son seguramente delegados de gobiernos, gente de negocios, organizadores, reporteros o políticos, pero en realidad son madres y padres, hermanas y hermanos, tías y tíos, y todos ustedes son hijos.
Aún soy sólo una niña, y sé que todos somos parte de una familia formada por cinco mil millones de miembros, treinta millones de especies, y todos compartimos el mismo aire, agua y tierra. Las fronteras y los gobiernos nunca cambiarán eso.
Aún soy sólo una niña, y sé que todos estamos juntos en esto, y debemos actuar como un único mundo tras un único objetivo.«

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