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Nos ha tocado vivir una época de grandes transformaciones económicas y sociales y existen teóricos y teóricas de la educación que le otorgan un papel relevante como instrumento para promover la equidad social y mejorar los procesos de desarrollo de las personas que forman parte del sistema educativo. Sin embargo, el rol de la educación en la construcción de una sociedad más justa y equitativa no resulta tan evidente como, en un principio, se podría pensar.
En los últimos años, el discurso de la equidad ha emergido con fuerza como noción compleja que trata de superar el concepto de igualdad. Distintas instituciones han recogido el tema de la equidad o de la justicia social para referirse a un sistema educativo justo y, a la vez, efectivo. Es decir, se aboga por el reconocimiento de una educación de alta calidad para cualquier niño o niña independientemente de sus antecedentes o procedencia familiar, social o geográfica.
Desde esta perspectiva, se considera la educación como un derecho básico y se defiende la distribución equitativa (que no igualitaria) de bienes educativos sin que las desigualdades condicionen el aprendizaje y el rendimiento escolar. Si la equidad no está presente en la educación, las personas se verán privadas de muchas oportunidades y alternativas, y desde una perspectiva social, la movilidad socio-laboral junto a la participación política y cultural se verán reducidas.
La educación obligatoria es un servicio universal y el acceso no debe estar diferenciado por razón de sexo, religión, raza, orientación sexual o estatus migratorio, por ejemplo. La presencia de población estudiantil con distintas identidades constituye un desafío para los sistemas educativos que pretenden dar respuestas adecuadas a niños, niñas y jóvenes con un bagaje y un nivel educativo heterogéneo, historias y circunstancias considerablemente diferentes y, en muchos casos, con poco o ningún conocimiento del idioma local.
En este contexto de heterogeneidad, desde esta perspectiva de la justicia escolar, la educación es considerada un importante instrumento para combatir la desigualdad, la discriminación y la intolerancia en una sociedad. Se identifica como una de las claves para la integración de aquellas personas que comienzan su vida en situaciones de desventaja. De tal manera está difundida esta idea que trabajar por la igualdad de derechos y oportunidades en materia de educación se reconoce como una inversión segura a favor de una sociedad más justa e igualitaria.
Así, el término accesibilidad, muy utilizado en el estudio de políticas de integración de inmigrantes y minorías étnicas, está directamente relacionado con distintos modelos y niveles de justicia del sistema escolar y, por extensión, de justicia social. Contamos con cuatro niveles de acceso: oportunidades, acceso real, trato y resultados.
La igualdad de oportunidades es el nivel más básico, donde la igualdad se define como la necesidad de garantizar el derecho de todas las personas a elegir cualquier opción existente dentro del sistema educativo. Tiene que ver con una declaración de buenas intenciones, un compromiso con la estructura social y educativa de reconocer la educación como un derecho fundamental y, como resultado, garantizarla, ofreciendo una educación básica obligatoria y gratuita para todos los ciudadanos sin distinción de sexo, cultura u origen social.
En un segundo nivel, igualdad de acceso a la escuela, el objetivo se orienta no sólo a la oferta sino a garantizar el acceso real y efectivo, de todos los estudiantes al sistema educativo. Desde este punto de vista, se requiere no sólo garantizar las posibilidades de acceso a la educación, sino que es necesario asegurar el verdadero acceso de estudiantes procedentes de contextos sociales diferentes, superando cualquier proceso de selección encubierta.
Sin embargo, la mayor dificultad estriba en conocer la influencia de la discriminación en los niveles más altos de equidad. Es decir, en el acceso a la igualdad de trato y de resultados. Desde la teoría de la educación se recuerda que alcanzar este tercer y cuarto nivel conlleva el desarrollo de un currículum común e integrado para superar las diferencias y desigualdades existentes entre centros educativos.
En este sentido, un requisito para la construcción de identidades múltiples es que las personas se sientan reconocidas como miembros de una comunidad escolar. Por este motivo, se recomienda prestar especial atención para que todo el alumnado sienta que disfruta del mismo estatus.
Es por ello que trabajar a nivel emocional es tan importante como trabajar a nivel cognitivo. Según Cushner en su obra International Perspectives on Intercultural Education:
 «Una pedagogía para la educación (…) requiere que nos movamos más allá de la mera identificación y transmisión de información en el nivel cognitivo. La educación (…) efectiva demanda que la gente cuente con encuentros afectivos y de relación con otros estructurados y repetidos, y que el conocimiento obtenido sobre otros y sobre  sí mismo se haga patente a todas las partes implicadas en las interacciones».
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