Todos nosotros, en algún momento de nuestras vidas, vivimos momentos dolorosos o situaciones inesperadas de carácter negativo que debemos superar. Este tipo de experiencias marcan de tal manera a algunas personas que desarrollan un diálogo interno de carácter negativo. Este diálogo no es nada recomendable, y es aún más peligroso cuando amenaza en quedarse y hacerse costumbre.

Ninguno de nosotros está exento de encontrarse frente a un problema que no es capaz de solucionar, ya sea por la complejidad del mismo, o porque no contamos con las herramientas necesarias para solucionarlo. Bajo estas circunstancias y si consideramos el problema como importante, lo normal es que aparezca la ansiedad: el reto se ha trasformado en amenaza.

En este tipo de trastornos, es común tener diálogos internos que refuerzan ideas negativas que nos devuelven al episodio doloroso que aún no hemos podido superar. Lo peor de este estado es que frente a cada nueva experiencia que nos recuerda lo sucedido, comenzamos a reaccionar negativamente, por considerarla potencialmente peligrosa.

El elemento principal de este tipo de pensamientos es la ansiedad anticipatoria, cuando dichos pensamientos ya se han establecido en nosotros. A partir de aquí, la persona desarrolla enunciados distorsionados que se repiten constantemente y van aumentando la angustia inicial, hasta que se vuelven insoportables.

 

Un diálogo que escala hacia estados alterados

Cuando padecemos estados de angustia y ansiedad, solemos desarrollar un diálogo interno de carácter desastroso. Por supuesto, esta visión de la vida es producto de un estado emocional alterado y, por tanto, distorsionado. El peligro que esta situación envuelve es que, si no se corrige a tiempo, puede convertirse en un círculo vicioso que empeorara con el tiempo, pudiendo ocasionar una crisis de pánico.

La sintomatología característica de un ataque de pánico incluye opresión a la altura del pecho, taquicardia, mareos, sudoración en las manos y palpitaciones. La persona presa del pánico percibe como amenazante una situación que puede controlarse. Sin darse cuenta, su diálogo interno refuerza sus ideas negativas y catastróficas. Por eso pierde el control y entra en crisis.

La crisis de pánico puede avanzar y volverse severa. Sin embargo, cuando actuamos de manera efectiva ante los primeros síntomas, dicha crisis queda bloqueada y la persona se sale del círculo de pensamientos negativos. Esto es posible porque las crisis entrañan dinámicas mentales negativas aprendidas y, por tanto, admiten alteraciones si es nuestro propósito.

 

Clasificación de los diálogos internos

Los especialistas en el campo de la psicología, han clasificado en cuatro esos diálogos internos que operan como causantes de angustia o ansiedad. Estos son: el catastrófico, el autocrítico, el victimista y el autoexigente.

  • El catastrófico: la ansiedad se manifiesta al imaginar el escenario más catastrófico posible. Se antepone a los hechos (que seguramente no sucederán) y los engrandece. Esto da como resultado una apreciación errónea, que puede llegar a desatar una crisis de pánico. La frase esencial de este tipo de diálogo interno es: “todo puede convertirse en una tragedia cuando menos lo espero”.
  • El autocrítico: los aspectos que lo diferencian involucran un estado permanente de juzgamiento y evaluación negativa de su comportamiento. Resalta sus limitaciones y sus defectos. Hace de su vida una vida ingobernable. Tiende a ser dependiente de los demás y se compara con los demás para sentirse en desventaja. Envidia a quienes alcanzan sus metas y le frustra ser incapaz de alcanzar las suyas. Las frases preferidas en este tipo de diálogo interno son: no puedo, no soy capaz, no lo merezco.
  • El victimista: esta clase se caracteriza por sentirse desprotegido y desesperanzado, lo que lo lleva a afirmar que su estado no tiene cura, que no avanza en su progreso. Cree que todo va a seguir igual y atraviesa obstáculos insuperables entre lo que desea y él. Se queja de cómo son las cosas, pero no intenta cambiarlas. En el diálogo interno victimista aparecen afirmaciones como: nadie me entiende, nadie me valora, sufro y no les importa.
  • El autoexigente: en esta condición se fomenta el agotamiento y el estrés crónico en función de la perfección. Es intransigente frente a los errores e intenta convencerse de que sus faltas obedecen a errores externos y no a los de él. Se debilita pensando en que no alcanzó sus objetivos por falta de dinero, estatus, etc., a pesar de ser complaciente con todos. El autoexigente elabora un diálogo interno a través de frases como: no es suficiente, no está perfecto, no ha salido como me hubiera gustado, etc.

 

Recobrando el control

Estar conscientes de que estamos desarrollando este tipo de diálogos internos constituye un primer gran paso para recuperar el control y prevenir una apreciación negativa de nosotros mismos o de nuestro entorno, que finalmente solo consigue disparar nuestro estado de ansiedad.

El verdadero cambio ocurre cuando empezamos a detectar estos pensamientos negativos y los reemplazamos por afirmaciones positivas. Es importante controlar nuestra respiración, relajarnos y enfrentar las situaciones con calma. De lo contrario, las actitudes pesimistas y autodestructivas se mantendrán.

No es fácil modificar este tipo de reacciones frente a lo que consideramos amenazante, pero sucede lo mismo cuando queremos cambiar un mal hábito, como el de fumar o el de comer en exceso. Por supuesto, cambiar un mal hábito, requiere de determinación y esfuerzo, pero al final se logra si ponemos suficiente ánimo en ello.

 

Edith Gómez – editora en Gananci

 

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