Si bien la vida se originó y evolucionó en el mar, un medio acuático salado, los primeros colonizadores del medio terrestre no lo tuvieron nada fácil. Elementos como el sodio o el potasio, abundantes en el mar, y que resultan esenciales para la vida (el sistema nervioso de los vertebrados depende totalmente de estas sales), son difíciles de obtener en tierra firme. Por esta razón, los primeros habitantes del medio terrestre se las tuvieron que ingeniar – evolutivamente hablando – para vivir en un mundo de agua dulce. La solución que encontraron fue la de diseñar sistemas de retención activa de sales. Esta adaptación evita la excreción de sodio y potasio mediante mecanismos de recuperación de estas sales, permitiendo así la vida terrestre.

Ilustración de Ángela Martínez de la Fuente

 

Sin embargo, la naturaleza no deja de ser caprichosa, y pronto aparecieron medios acuáticos en el interior del continente donde la sal volvió a predominar. Amplias zonas de la superficie terrestre, ahora alejadas del mar, pasaron millones de años bajo el agua marina, para más tarde emerger, debido a las oscilaciones recurrentes del nivel del mar a lo largo de la historia geológica (los calentamientos globales dieron lugar a subidas del nivel del mar, mientras que temperaturas más frías resultaban en el proceso contrario). El legado de estos mares antiguos se puede observar hoy día en forma de saladares de interior, lagos salados e incluso ríos que lentamente devuelven esas sales al mar. En esos medios continentales existía un nuevo reto, pues los organismos terrestres acostumbrados al agua dulce tuvieron que volver a adaptarse a vivir en medios de alta salinidad. Algo nada fácil. El principal problema que afrontaba un posible colonizador dulceacuícola, es la tendencia a retener sales en un medio donde son muy abundantes, y a perder agua para mantenerse en equilibrio con el medio. Así, dicho organismo alcanzaría una concentración interna de sales muy elevada y tóxica, lo que produciría daños celulares irreparables e incluso la muerte. Para evitar esto, la evolución dio con dos tipos de soluciones adaptativas, que sólo un selecto grupo de organismos logró desarrollar. En primer lugar, hay especies que equilibran su salinidad interna a la del medio exterior mediante producción de compuestos orgánicos no tóxicos (por ejemplo, aminoácidos o azúcares con carga eléctrica) o regulando su volumen interno de agua. Una segunda opción más sofisticada es la excreción activa de sales para mantener una concentración interna constante. Este experimento natural ha dado lugar a centenares de especies nuevas que aprendieron a convivir de nuevo con las sales. Así, los ríos salinos (denominados así, y no salados, para distinguir el carácter continental de sus sales) se caracterizan por una biodiversidad muy singular. Entre sus habitantes podemos encontrar principalmente algas microscópicas (cianobacterias y diatomeas), hongos microscópicos, algas multicelulares (especies del género Cladophora), fanerógamas acuáticas (especies de Ruppia), insectos (sobre todo moscas y mosquitos, escarabajos, chiches, libélulas y caballitos del diablo), pequeños crustáceos, o incluso pequeños peces, como el conocido fartet, junto con galápagos y culebras de agua, en los ambientes de salinidad más moderada. En la región mediterránea, los ríos salinos se distribuyen abundantemente en la parte oriental de la península ibérica (desde la provincia de Cádiz hasta el sur de Navarra y Huesca), Sicilia, el norte de áfrica y el extremo más oriental.

Ilustración de Ángela Martínez de la Fuente

 

Las especies que habitan ríos salinos destacan por su alta especificidad de hábitat. Dicho de otra manera, se trata de organismos que sólo aparecen en condiciones de salinidad muy concretas. Además, son especies de distribución espacial muy restringida (conocidos como endemismos). Podemos encontrar tres tipos diferentes de ríos salinos: ríos hiposalinos, los de menor salinidad (entre 3 y 20 gramos de sal por litro de agua, abreviado como g/l); ríos mesosalinos, con una salinidad intermedia (20 – 100 g/l) y, finalmente, ríos hipersalinos (> 100 g/l) que pueden alcanzar salinidades extremas cercanas los 250 g/l de sal disuelta – cerca de 7 veces la salinidad del mar-. De esta manera, en una misma región, ríos que difieran en salinidad estarán habitados por especies muy distintas. Además, los ríos que muestran condiciones de salinidad similares en España, Italia o Marruecos, tienen especies análogas (que muestran características ecológicas muy similares) pero distintas, ya que el aislamiento espacial ha hecho que estas especies hermanas se acaben diferenciando.
Actualmente, estos ríos se encuentran amenazados por la agricultura intensiva de regadío. El agua de drenaje resultante puede llegar a reducir la concentración de sales, que es su principal seña de identidad ecológica. Este fenómeno se conoce como “dulcificación” y se traduce en que muchas de las especies emblemáticas de estos ríos desaparecen y se reemplazan por otras de carácter más generalista y banal (especies de amplia distribución). Desgraciadamente, la mayoría de estos ríos se encuentran desamparados de mecanismos legales que garanticen su protección. En general, no han sido incluidos en los planes de la Directiva Marco de Aguas – marco legal que regula la evaluación de la salud de las masas de agua europeas – y sólo en algunos casos se encuentran dentro de espacios protegidos. Los ríos salinos representan una fracción irremplazable de la biodiversidad, siendo el testigo vivo de cómo la vida es capaz de adaptarse incluso a los medios más extremos, retratando algunos de los hechos más insólitos en la historia evolutiva. Su singularidad merece nuestro respeto y nuestro esfuerzo para evitar que desaparezcan: es hora de poner una pizca de sal en la conservación de los ecosistemas.

Ilustración de Ángela Martínez de la Fuente

 


Fig. 1 Rambla hipersalina en Hoces del Cabriel (Albacete).

Fig. 2. El escarabajo de la sal (Ochthebius glaber), uno de los insectos acuáticos con mayor tolerancia a la sal.

Fig. 3. Ríos salinos mediterráneos en Sicilia (a, b), Marruecos (c) y España (d).


Ilustraciones: Ángela Martínez de la Fuente


Han colaborado: Cayetano Gutiérrez Cánovas (Universidad de Barcelona)/ Josefa Velasco García (Universidad de Murcia) / Andrés Millán Sánchez (Universidad de Murcia) / Susana Pallarés Párraga (Universidad de Murcia)  / Paula Arribas Blázquez (IPNA-CSIC) 


Literatura científica recomendada:


Arribas, P., P. Abellán, J. Velasco & A. Millán. 2015 Evolutionary ecology, biogeography and conservation of water beetles in Mediterranean saline ecosystems. Limnetica, 34 (2): 481-494
Gutiérrez-Cánovas, C. 2014. Ecosystem responses to natural and anthropogenic stress. 
From biomonitoring tools to predictive ecology.Tesis doctoral, Universidad de Murcia.
Millán, A.; Velasco, J, Abellán, P.; Sánchez-Fernández, D.; Gutiérrez- Cánovas, C.; Picazo, F.; Arribas, P.; Belmar, Ó.; Bruno, D. &. Carbonell, J.A.
2012. Biodiversidad de macroinvertebrados acuáticos en la Región de Murcia: áreas prioritarias y vacíos de protección, 65: 84. Edit.um, Universidad de Murcia.
Millán, A., J. Velasco, C. Gutiérrez-Cánovas, P. Arribas, F. Picazo, D. Sánchez-Fernández & P. Abellán. 2011. Mediterranean saline streams in southeast Spain: What do we know? Journal of Arid Environments, 75: 1352–1359.
Pallarés, S. 2017. Ecological and evolutionary physiology of aquatic beetles: coping with multiple stressors in inland saline waters.Tesis doctoral, Universidad de Murcia.
Velasco, J.; Abellán, P; Sánchez-Fernández, D.; Gutiérrez-Cánovas, C.; Picazo, F.; Arribas, P.; Belmar, O.; Bruno, D.; Carbonell, Ja.; Pallarés, S.; Guareschi, S. & Millán, A. 2011. Los ríos salinos mediterráneos. Ecosistemas olvidados.
 El Alfolí, 9, 9:17.

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