La mayoría creemos que las estaciones del año, las temperaturas, el bueno o mal día que haga, etc. se deben básicamente a la inclinación de nuestro planeta y su movimiento alrededor del sol. En la escuela es lo que se enseña, que grosso modo son los rayos del sol los que inciden con diferente inclinación en las diferentes partes del mundo, haciendo que se calienten más o menos, que por ende evapora más o menos agua, que la rotación dispersa esas nubes y que, junto con un par de detalles más, tenemos una visión algo coherente del clima.

Lo que poca gente sabe es que la razón del equilibrio climático no reside tanto en la atmósfera, sino en los océanos. Y algo está yendo mal. Para comprenderlo, empezaré por el principio.

A pesar de haber bautizado a nuestro planeta como Tierra, vivimos en uno azul, y así es visto desde el espacio. Lógico, ya que aproximadamente el 70% de su superficie está cubierta por el agua, representada en casi un 97% por los océanos. Por eso, tantísima radiación solar que recibe nuestro planeta debe influir sobremanera en ellos. Y en efecto, la energía solar mueve a los océanos de la misma manera que la atmósfera. En este sentido, océanos y atmósfera son parecidos, ambos fluidos y se rigen por leyes comunes. Sin embargo, ya notamos que son fluidos muy diferentes: el agua es prácticamente incompresible y unas mil veces más densa que el aire, lo que provoca que las corrientes oceánicas sean mucho más lentas y tengan mayor inercia que los vientos. Además, el aire apenas está confinado pero sí el agua oceánica debido a la existencia de los continentes.

Bien, bajo esta premisa, veremos que la forma en la que se calientan los diferentes puntos del océano influyen sobremanera en el clima global. El agua más fría se encuentra en los polos, ya que debido a la inclinación terrestre apenas les llega radiación solar. El agua fría y salina es muy pesada, por lo que en los polos se hunde y desciende hacia los fondos oceánicos hasta el ecuador. Esa gran corriente descendente libera una enorme cantidad de energía, alrededor de unos 600 millones de megavatios por segundo, que hace que la temperatura de Europa noroccidental sea entre 5 y 10 oC más elevada que si no se produjera este fenómeno. Además, en dicho descenso, el agua fría arrastra una parte importante de CO2 atmosférico en disolución, contribuyendo así a la disminución del efecto invernadero.

Como todos los mares y océanos de la Tierra están comunicados, una vez esas aguas llegan al Índico y Pacífico en latitudes tropicales, el agua se va calentando e incorporando aguas menos salinas. Pierden así densidad y emergen hasta varios centenares de metros de la superficie, dirigiéndose desde el Pacífico, pasando entre Australia y Asía, y el Índico hasta llegar finalmente al Atlántico Norte. Aquí adjunto la imagen que lo resume, para que veáis que es sencillo:

La “cinta transportadora” de aguas oceánicas se inicia en Groelandia, donde el agua densa y fría se hunde. La corriente recorre los fondos oceánicos y parte aflora (asciende) en superficie en el Atlántico, Índico y Pacífico. El agua retorna al Atlántico Norte, calentando las costas que bordea.

La corriente del Golfo es una gran masa de agua de unos 1.000 km de anchura que corre a nivel superficial, y está impulsada por las diferencias de densidad del agua del océano. El agua del sur es más caliente, y por tanto más ligera. Por esta razón fluye hacia el norte, donde las aguas son más frías. Al chocar con ellas, la corriente cálida baja a las capas más profundas del océano y luego fluye de vuelta hacia el sur.

Una vuelta completa de esta circulación oceánica tiene una duración de varios cientos de años. Una interrupción, incluso, una ralentización, tendría efectos dramáticos sobre el clima global. A priori, según lo expuesto se deduce que una primera consecuencia sería un enfriamiento del hemisferio norte, especialmente de Europa, al no recibir el calor que se libera en la generación del agua profunda noratlántica.

Parece que en los últimos 100.000 años la circulación global se ha interrumpido varias veces. Hace 13.000 años estuvo interrumpida durante 200 años por un calentamiento del Ártico provocado por variaciones en el eje de rotación de la Tierra. Al recibir más calor el Ártico se fundió más hielo y esto disminuyó notablemente la salinidad y, por tanto, la densidad de las aguas, afectando la generación de la corriente profunda.

¿Qué es lo que está pasando ahora?

Ahora, dos estudios distintos publicados en Nature confirman que una de estas corrientes oceánicas, concretamente la del Golfo (ver imagen de arriba), se está debilitando. Concretamente, un 15% en mil años.

No obstante, aunque la conclusión es la misma, ambos estudios discrepan en cuándo empezó el proceso de estancamiento. Mientras unos relacionan el proceso con los últimos 150 años (y establecen una relación con las emisiones de CO2), los otros creen que el proceso empezó hace más de 1.500 años y nuestra acción no ha hecho más que acelerarlo. Varios estudios confirman que el agua dulce que proviene de la fusión de la capa de hielo de Groenlandia probablemente sea la que esté perturbando la circulación. Con el agua del deshielo hay menos agua salina en la superficie, que es la que tiende a no hundirse, por lo que enfría más la Corriente del Golfo.

En cualquier caso, si la corriente sigue debilitándose podrían verse alterados los patrones climáticos de Estados Unidos, con un aumento más rápido del nivel del mar en su costa este, y también de Europa hasta el Sahel africano, llenando los inviernos de metros y metros de nieve y acentuando las olas de calor durante los veranos.

Y nada parece indicar que esto se vaya a recuperar, más bien al contrario. La Tierra se está calentando, y es demasiado compleja como para esperar que permanezca siempre en el equilibrio que deseamos. El futuro va a ser un lugar muy poco agradable.

Estudios:

Caesar L., Rahmstorf S., Robinson A., Feulner G. & Saba V. (2018). Observed fingerprint of a weakening Atlantic Ocean overturning circulation. Nature. 556: 191–196

Thornalley David J. R., Oppo Delia W., Ortega Pablo, Robson Jon I., Brierley Chris M., Davis Renee, Hall Ian R., Moffa-Sanchez Paola, Rose Neil L., Spooner Peter T., Yashayaev Igor & Keigwin Lloyd D. (2018). Anomalously weak Labrador Sea convection and Atlantic overturning during the past 150 years. Nature 556: 227–230

Vídeo explicativo: https://www.youtube.com/watch?v=-JSXT-Ntgl8

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