El título de este post es de un famoso comentario del biólogo J.B.S. Haldane. No he encontrado otro mejor. He aquí mis razones para creerlo. Te explotarán los sesos.

Somos vacío

El punto de esta “i” contiene unos 500.000 millones de átomos.

Cada uno de esos átomos es puro vacío. Si su núcleo es del tamaño de un grano de arroz, donde se concentrará el 99,9999% de la masa atómica, la nube de electrones que completa el átomo crearía una esfera que ocuparía el tamaño de un estadio de fútbol. Sin embargo, aunque seamos vacío, no atravesamos paredes debido a las fuerzas eléctricas que rigen el mundo de los átomos. Los átomos sienten fuerzas atractivas entre la carga negativa de la nube de electrones y la positiva del núcleo, pero también repulsivas entre nubes de electrones de átomos cercanos. Es decir, que a una distancia suficientemente cercana, la interacción neta puede ser atractiva pero, si se acercan más, la repulsión entre nubes predomina y los átomos se repelen, determinando una posición de equilibrio. De hecho, en realidad, ¡siempre estamos levitando!

en un Universo todavía más vacío

Ahora, imagínate, si puedes – y no puedes, claro -, que aprietas uno de esos núcleos del átomo hasta reducirlo mil millones de veces. Ahora, mete en ese minúsculo espacio 30 gramos de materia. En esas condiciones, crearías un Universo, y deberías prepararte para una explosión enorme, inimaginable. Tan rápida además, que en 3 minutos ya tendrías el 98% de toda la materia. Querrás estar en un lugar muy lejos para observar el espectáculo, pero, por desgracia, no habría ningún lugar. Cuando el Universo se empezara a expandir, no lo haría para llenar un vacío mayor que él; simplemente, el único espacio y tiempo que existiría es el que va creando al expandirse. Dicho de otro modo: tenemos grabado a fuego la imagen de una bola enorme expandiéndose a la deriva, como un globo, que es el universo, pero en realidad no hay ningún espacio a su alrededor, no hay espacio que pueda ocupar ni lugar ni tiempo. Por esa razón, ¡no tiene límites! No hay un borde al que llegases y dijeras, “aquí acaba, voy a asomarme a ver qué hay detrás”. Como decía Stephen Hawking, “es como preguntarse qué hay sur del Polo Sur”. Si es infinito, tampoco hay un centro, ¡cada rincón del Universo es el centro!

y más solos que la una…

Los libros de ciencias contienen dibujos del Sistema Solar, pero las distancias no están a escala. Para que os hagáis una idea, si la Tierra fuera del tamaño de un guisante, Júpiter estaría a 300 metros, y Plutón, el planeta más alejado, a 2,5 kilómetros. Y con Plutón no terminaríamos, pues a una distancia muchísimo mayor estaría la llamada nube de Oort, formado por billones de cometas. Aún a tanta distancia, nuestro Sol sigue ejerciendo la suficiente gravedad para que giren en torno a él.

Siguiendo el símil anterior, si la Tierra fuera un guisante, la estrella más cercana a nuestro Sol, Alfa Centauri, estaría a 16.000 kilómetros de distancia. En números reales, a más de cuatro años viajando a la velocidad de la luz, lo cual es imposible, y actualmente con las naves más potentes se tardarían má de 30.000 años (o 20 en un futuro no muy lejano si enviamos chips). La unidad básica de medición en el Sistema Solar es la UA (unidad astronómica), que representa la distancia del Sol a la Tierra (8 min yendo a la velocidad de la luz o casi 150 millones de kilómetros). Plutón está a unas 40 UA y, el centro de la nube de Oort, que sigue siendo el patio trasero de nuestro Sistema Solar, a unas 50.000 UA. En definitiva, muy lejos.

Esto hace que, aunque las estimaciones más conservadoras de existencia de otras civilizaciones sean de miles de millones en todo el Universo, en la práctica estamos más solos que la una.

… e indefensos

Ante tal vastedad de espacio, es lógico que no logremos tener escaneado al completo nuestro vecindario, el Sistema Solar. Podríamos tener un asteroide encima nuestra y no darnos cuenta hasta poco antes de entrar en la atmósfera. Si no os lo creéis, mirad esta reciente noticia. Aunque se supone que los “arrasadores de especies” están localizados, más o menos.

Respecto a esto último, ya Obama anunció en su última legislatura que iba a poner en marcha un programa en la NASA de “seguro” contra asteroides. Creedme, nada nos va a salvar de una extinción masiva. Las estrategias que actualmente se están diseñando para protegernos contra ellos se empezarán a poner a prueba en pocos años, pero no contra los destructores, sino con los más pequeños, de apenas un centenar de metros. Para que os hagáis una idea del poder destructivo de estas rocas:

100 metros: Provocaría un cráter de 3 kilómetros de diámetro afectando a un radio de 60 kilómetros. Vamos, con 100 metros se cargarían ciudades enteras, y por desgracia hay miles y miles encima nuestra.
1.000 metros: Provocaría un cráter de 25 kilómetros de diámetro y destrucción de todo lo que esté a unos 400 kilómetros.
10.000 metros: Provocaría un cráter de 200 kilómetros y la destrucción de todo lo que esté a unos 3.000 kilómetros. Extinción masiva.
 
Si la Tierra fuera una casa de tamaño mediano, el asteroide que acabaría con la vida tal y como la conocemos sería como un diminuto punto de lápiz (como la puntilla más delgada que puedes comprar para un lapicero)…

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