Valoramos lo que escasea, y más cuando también lo necesitamos. Salvo sin oxígeno, que como mucho aguantaríamos vivos dos minutos, sin agua pereceríamos en una semana (suponiendo que estuviéramos en una situación térmica confortable, si no, en horas). Como todos los seres vivos de este planeta compartimos más o menos los mismos recursos, no está de más que pongamos en perspectiva lo que damos por hecho que nos es infinito, como el agua, porque no lo es. La realidad es que el nivel de carestía de agua potable es la norma para la mayoría de habitantes del mundo, a pesar de ser un derecho humano básico. Mientras en unos países sus habitantes deben recorrer kilómetros en busca de fuentes de agua para beber, normalmente contaminada y teniendo que ser previamente hervida, en otros la dejamos salir por el desagüe: cuando nos lavamos los dientes, cuando arrojamos en ella nuestros excrementos y residuos más peligrosos, cuando la usamos en mantener verde nuestro césped y campos de golf, etc.

Con todo, el uso doméstico directo que se pueda hacer del agua, como beberla y asearnos, y aunque sea enormemente derrochada por unos, es un gota comparada con el océano que requiere la actividad económica global.

Agua que consumimos, para muchas cosas y mucha comida, que se desperdicia

El crecimiento de la población del planeta parece no detenerse y esto implica un mayor consumo de agua potable… y de contaminación. La ingente cantidad de agua es mucho más de lo que muchos podrían llegarse a imaginar. Por ejemplo, hacen falta unos 3.000 litros de agua para producir una hamburguesa o 9.000 un pollo. Y cuánto se come en el mundo… Los números marean. Cultivar algodón para hacer una camiseta requiere 969 litros de agua, lo que supone para hacer un simple pijama unos 9.000 litros de agua. Y hacen falta aproximadamente 2.700 litros de agua para producir una tableta de chocolate. Así que tenedlo en cuenta cada vez que se comáis una acurrucados con vuestro pijama en el sofá. El patetismo humano es que se necesitan 4 litros de agua para hacer una botella de plástico que contenga agua. Otro ejemplo es el coche. Pensad en lo que pesa vuestro coche y multiplicadlo por 50, y esa es la cantidad de agua que ha hecho falta para fabricarlo. Y anda que no hay coches donde quiera que vayas…

El agua también es necesaria para encender las máquinas que hacen todas estas cosas. Toda la electricidad generada a partir de combustibles fósiles se convierte en centrales termoeléctricas, que requieren agua para enfriarlos.

¿Cuánta agua hace falta para producir…? Fuente: World Economic Forum.

 

Pero, sin duda, la Agricultura es el mayor consumidor de agua del mundo. De acuerdo con Naciones Unidas, el riego representa el 70% de las extracciones de este recurso. Y la cosa empeora si tenemos en cuenta que un tercio de lo que se cosecha va a parar a alimentar nuestro ganado. Un par de ejemplos: para producir un kilo de ternera se emiten 27 de dióxido de carbono equivalente, se necesitan 15.400 litros de agua y 100 kilos de su proteína requieren 6.000 metros cuadrados de terreno. El mismo peso en lentejas requiere menos de un kilo de CO2, 5.854 litros de agua y 2.500 metros cuadrados de tierra.

La mayor ironía de todas es que el agua se nos acaba en un planeta azul lleno de agua… pero solo alrededor del 1% del agua mundial es accesible al uso humano directo. En ese porcentaje están todos los lagos, ríos, reservorios y acuíferos de la Tierra. No hay más. Y por si fuera poco, el desierto avanza e impulsado por el cambio climático que provoca temperaturas más altas y menos lluvias. El riesgo de que el cambio climático termine por obligar a miles de personas a desplazarse porque sus tierras se vuelven yermas ya es un hecho. Sin embargo, la Convención de Ginebra sobre los Refugiados Políticos no reconoce aún las causas climáticas para conceder el estatuto de refugiado.

Parte del problema y parte de la solución se halla, de nuevo, en la Agricultura. Por un lado, sus terrenos son los primeros en verse afectados, ya que las altas temperaturas perjudican su fertilidad y la sequía incipiente los acaba convirtiendo en zonas áridas, progresivamente poco provechosas para la actividad. Por otro, la agricultura es la que más contribuye al avance del cambio climático: tanto las emisiones de gases de efecto invernadero (el 10% de los producidos en toda Europa, según la Agencia Europea del Medioambiente), como los sistemas de producción agraria (con fertilizantes nitrogenados y consumo de combustibles fósiles), hacen un flaco favor a la lucha contra el calentamiento global.

De nuevo, solo un cambio verdaderamente radical, basado en el sentido común, la ciencia y la tecnología pueden ralentizar, sino frenar, en parte, este escenario.

El dragón atrapado en el desierto

China, que es uno de los países que mayores urgencias tiene para solucionar los problemas de la escasez de agua y alimento, ya está haciendo múltiples esfuerzos para asegurarse la potabilidad del agua necesaria y acceso a comida para sus ciudadanos. El 90% de las reservas de agua son subterráneas y el 75% de sus ríos y lagos están muy contaminados. Pero, lo que también preocupa al gobierno chino es qué hacer con el avance del desierto al norte del país.

Y aquí he de hablar como en otras ocasiones, de otro héroe desconocido, Yuan Lonping. Yuan es el responsable de haber contribuido a reducir el hambre en China, al lograr un histórico avance en la reproducción del arroz híbrido. Mientras unos sueñan con ser millonarios, famosos deportistas o actores, o dominar el mundo, este científico ha soñado toda su vida con arroz que crece tan alto como un árbol, de forma que los agricultores pudieran descansar bajo su sombra. Ha perseguido este sueño desde hace 50 años, cuando descubrió una variedad de arroz que crecía especialmente alto y lo seleccionó y perfeccionó para alimentar a un quinto de la población mundial con tan sólo el 7% de la superficie cultivable del mundo.

Yuan Longping, padre del arroz híbrido (Sept. 1930 – ).

Por si fuera poco, y para no aburrirse en sus ratos libres, Yuan comenzó a cultivar diversas cepas de arroz en agua de mar a diferentes diluciones, en su propia casa, hasta que dio con una que crecía sobremanera. Ahora, junto a su equipo, la está probando en condiciones desérticas y mediante riego con agua de mar, donde se están obteniendo buenos resultados desde enero de este año. Como esta técnica es de un valor incalculable en zonas desérticas y donde el agua es poco menos que el oro, algunos jeques árabes ya se han percatado de ello y han apostado por Yuan y su equipo. De hecho, Sheikh Saeed Bin Ahmed Al Maktoum, un miembro de la Casa Real de Dubái, se ha trazado la meta de ganarle la competencia al desierto en Dubái y por eso cuenta actualmente con el padre del arroz híbrido, con el objetivo final de cubrir el 10% del suelo de los Emiratos Árabes Unidos (unos 83.000 kilómetros cuadrados) con campos de cultivo.

Desierto de Kubuqi, el 7º más grande de China. ¿Puede esta imagen alentar esperanzas?

Y esto sigue. El gigante asiático lo es por una razón, y el desierto no puede quitarle terreno para alimentar a su desocado censo demográfico. Hemos visto que lo está regando con agua de mar para que crezca una cepa de arroz casi milagrosa, pero también lo está fertilizando a base de celulosa. Más concretamente, desde 2013 los investigadores Yi Zhijian, Zhao Chaohua y su equipo experimentan con soluciones de carboximetilcelulosa, un derivado de la celulosa que se utiliza como aditivo alimentario y se produce en masa a un coste relativamente bajo. Cuando este compuesto se añade a la tierra facilita no solo la retención del líquido, sino que también evita la pérdida de nutrientes y la oxigenación del suelo. Como prueba de ello, en abril de este año han conseguido cultivar arroz, maíz, tomates, sandías y girasoles en una parcela de 1,6 hectáreas de arena en el desierto de Ulan Buh, en la región autónoma de Mongolia Interior.

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