En colores sonoros suspendidos

oyen los ojos, miran los oídos…

Ilustración de: María Fernanda Rosero

Cuando Francisco López de Zárate escribió estos versos, allá por el siglo XVII,  la sinestesia no era más que un recurso literario que aportaba un bello cariz a sus poemas a través del intercambio de las facultades habituales de los sentidos.

Sin embargo, hoy en día es mucho más que eso, ya que también es el nombre de una curiosa condición neurológica que crea en quiénes la tienen precisamente la misma sensación que aquellos poetas retrataron en sus escritos.

Ilustración de: Nerea Blasco

Son muchas las personas que aseguran oír los colores o saborear las palabras, pero también lo son los investigadores que intentan dar respuestas al origen de este curioso don.

Aún queda mucho por conocer, pero gracias a estos científicos y al testimonio de cientos de sinestésicos el misterio se va haciendo cada vez más comprensible, aportando nuevos datos que confirman que el cerebro es un órgano maravilloso, cuyo funcionamiento anormal puede ser fatal, pero también puede tener consecuencias tan mágicas como ésta.

Demasiadas conexiones neuronales

Cuando un ser humano nace, su cerebro está repleto de un gran número de conexiones neuronales aleatorias que se reforzarán con el uso o desaparecerán si están dañadas o han demostrado ser innecesarias.

Este procedimiento,  llamado poda sináptica, tiene su mayor actividad durante la adolescencia y finaliza alrededor de los 20 años,  dando lugar al que se considera ya el  cerebro adulto.

Hasta aquí todo bien. El problema es que esta poda no siempre se da de forma correcta, ya que en algunas ocasiones puede ser insuficiente o excesiva, ocasionando trastornos como el autismo o la esquizofrenia, respectivamente. Pero una poda sináptica anormal no siempre tiene por qué finalizar en algún tipo de tr

Ilustración de: María Fernanda Rosero

astorno, ya que también puede generar resultados ventajosos.

Este es el caso de la sinestesia; ya que, por el momento, la teoría más aceptada para su origen parece ser un exceso de conexiones de zonas cerebrales anormales, que habrían sido eliminadas durante una poda correcta.

Esta teoría fue enunciada por los neurocientíficos  Vilayanur Ramachandran  y Edward Hubbard en 2011 y desde entonces ha sido aceptada por otros muchos investigadores.

En cuanto a la causa de este fenómeno, los investigadores abogan por un origen genético. De hecho, según publicaron  Ramachandran y Hubbard en PLOS Biology, un 40% de las personas sinestésicas aseguran tener algún familiar cercano dotado de esta cualidad. Además, también consideran que debe tener un origen poligénico, ya que aparece de una forma gradual, de modo que hay personas que sólo muestran algunos pequeños rasgos de sinestesia, mientras que otras no sólo la experimentan con mayor intensidad, sino que pueden llegar a tener varios de los tipos de sinestesia que se conocen.

60 tipos… de momento

Aunque puede haber muchas opciones más, por el momento se han descrito 60 tipos diferentes de sinestesias.

De todos ellos, algunos de los más conocidos son la cromaestasia, que asocia las tonalidades musicales con tonalidades cromáticas, la léxico-gustativa, que asocia sabores a las palabras y sonidos, o la tacto-espejo.

Precisamente esta última ha sido una de las más estudiadas recientemente; ya que, a pesar de ser muy poco frecuente, puede afectar notablemente al desarrollo normal de la vida de quiénes la tienen. Y es que estos sinestésicos  aseguran sentir los estímulos tácticos que se aplican a otras personas, llegando a sentir dolos si ven que alguien cercano a ellos se golpea.

Ilustración de: Nerea Blasco

Fue descrita por primera vez en 2001, después de que una mujer declarara que su marido aseguraba sentir su propio dolor. Esto hace que sea una de los pocos tipos de sinestesia que sí deberían poder tratarse, por lo que el año pasado un equipo de científicos de la Universidad de Delaware llevó a cabo un estudio  con el fin de localizar su ubicación en el cerebro. Finalmente concluyeron que la hiper actividad cerebral en este caso se sitúa en la corteza somato sensorial, pero por el momento no se han desarrollado tratamientos al respecto.

Cuando la sinestesia se convierte en arte

Aunque se considera que un 4% de la población tiene algún tipo de sinestesia, muchos nunca llegan a saberlo, ya que no son conscientes de que la mayoría de personas no ven el mundo del mismo modo que ellos.

Por eso, los más conocidos son los casos de personajes famosos, que supieron transformar su condición neurológica en algún tipo de arte.

Entre los músicos, uno de los más conocidos es Billy Joel, que en algunas entrevistas ha asegurado asociar las melodías más suaves a tonalidades verdosas o azules y las más fuertes a colores anaranjados o dorados.

En la pintura uno de los sinestésicos más famosos fue Kandinsky. La importancia que toma el color en sus cuadros se explica fácilmente si se tiene en cuenta que el pintor ruso veía color en todas partes, llegando a afirmar tras una representación de la ópera Lohengrin que cada instrumento plasmaba en su mente los diferentes colores del crepúsculo.

Ilustración de: María Fernanda Rosero

Pero si hay un caso curioso, a la par que poco frecuente, es el de Daniel Tammet, un joven británico que cuenta en su libro “Nacido en un día azul” como labraron su infancia el síndrome de Asperger, la epilepsia y la sinestesia.

Gracias a estas curiosas condiciones cerebrales, los números cobran vida en su mente, permitiéndole haber desarrollado hazañas como memorizar los 22.514 primeros dígitos de pi.

Esto es algo muy común en sinestésicos, ya que su capacidad para la asociación los dota de una gran memoria, pero no es el único don que poseen.

Por ejemplo, muchos de ellos también son muy hábiles a la hora de aprender nuevos idiomas, especialmente aquellos que asocian colores a los sonidos y las palabras. Por ejemplo, en 2015 tuve el placer de entrevistar a un sinestésico que me aseguró que el francés es extremadamente rojo, mientras que el italiano está formado por una bonita combinación de azules, marrones, verdes y rojos.

Al resto de mortales nos apasionaría vivir un día en la cabeza de estos privilegiados, cuyo cerebro les permite ver y sentir un mundo más bello que el que realmente nos rodea. Lamentablemente por ahora eso es del todo imposible, pero aprender sobre ellos también resulta apasionante. Y en ese punto la ciencia sí que puede hacer mucho por nosotros.

Ilustración de: Nerea Blasco

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