El hombre siempre ha fantaseado con la idea de la inmortalidad a lo largo de la historia, especialmente desde el plano religioso en sus varias confesiones como el cristianismo y el Islam.

La filosofía también se ha preguntado sobre la inmortalidad ya desde tiempos de Platón hasta posteriormente otros filósofos contemporáneos.

La ciencia se está ocupando de la posibilidad de alargar la vida a través del retraso del envejecimiento, basándose en el descubrimiento de las claves celulares que podrían estar involucradas en la longevidad humana.

La molécula implicada en los procesos de envejecimiento y muerte celular es la telomerasa.

Esta proteína enzimática controla la longitud de ciertas secuencias de ADN repetidas y situadas en el extremo de los cromosomas llamadas telómeros.

Fuente Pixabay

La longitud de los telómeros se reduce en cada división celular y la función de la telomerasa sería mantener una longitud telomérica estable.

La telomerasa se expresa durante el desarrollo embrionario y se restringe en los tejidos adultos, salvo en células pluripotenciales de la médula ósea (produce las células sanguíneas) y gametos (células reproductoras).

La longitud telomérica debe mantenerse constante en la medida de lo posible. Así no se favorece la aparición de enfermedades degenerativas propias de un envejecimiento prematuro y se evita la inmortalidad de las células tumorales.

La función protectora de los telómeros fue descrita en los años 30 por Barbara MacClintock y Hermann Müller en invertebrados. Posteriormente Hayflick y Harley demostraron que los telómeros se acortan en cada ciclo de división celular.

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Este es el campo de trabajo de una de las más prestigiosas investigadoras españolas llamada María Blasco, directora del CNIO (Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas). Sus estudios han demostrado, en ratones, que el ritmo al que se van encogiendo los telómeros está relacionado con la esperanza de vida en los roedores.

Los investigadores buscan que se viva más en mejores condiciones, evitando o minimizando la aparición de enfermedades propias de la edad y otras como el cáncer.

Todo esto se conseguiría si se pudiera regular la cantidad de telomerasa expresada en la célula.

Con las técnicas de ingeniería genética sería posible y quizás estén cerca de conseguirlo, aunque implicaría dilemas éticos tratándose de modificaciones en el genoma humano.

Bibliografía:

Morir joven, a los 140 años. (María A. Blasco, Mónica G. Salomone. Editorial Paidós. 2016)

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