capitular E naranjal esqueleto humano adulto está formado por un total 206 huesos. Este dato posiblemente no es ninguna novedad para ti, pero lo que quizás no sabías es que cuando nacemos contamos con más de 400 huesos. ¿Qué pasa con esas “piezas sobrantes”? ¿Alguna vez te has parado a pensar cómo crece nuestro esqueleto?

     Para responder estas preguntas tenemos que saber que el esqueleto sufre dos tipos de modificaciones, en forma y en tamaño. Estos cambios se van sucediendo hasta una edad aproximada de 17 años en niñas y 19 en niños.

madre e hijo recortado como una vidriera

    A partir del nacimiento, estos más de 400 huesos se van fusionando unos con otros hasta llegar a la forma adulta del esqueleto humano. Posiblemente los dos ejemplos más claros, son el cráneo y la pelvis. Con total seguridad habremos escuchado alguna vez aquello de que hay que tener especial cuidado con la cabeza de los recién nacidos, ya que esta aún no está cerrada. Pues bien, lo que sucede es que los 6 huesos que forman el cráneo nacen separados, dejando entre ellos unos pequeños puntos blandos denominados fontanelas que, aunque solamente se hable de una, la anterior o bregmática, en realidad existe otra más situada en la nuca conocida como posterior o lambdoidea. Al no estar unidos y ser ligeramente menos rígidos que en la edad adulta, esos huesos pueden superponerse unos encima de otro, facilitando, por tanto, la expulsión del bebé a través del canal del parto. Aproximadamente uno o dos meses después del nacimiento se cerrará la fontanela posterior, aunque en algunos casos el bebé puede nacer con ella cerrada y entre los 15 y los 21 meses se cerrará la anterior. Donde antes estaban situadas las fontanelas, ahora estarán las suturas craneales, que no terminarán de fusionarse por completo hasta bien avanzada la adultez.

    La pelvis es otro ejemplo de estructura ósea que cambia en número a medida que vamos creciendo. En el nacimiento, cada coxal (hueso par que compone la pelvis) está formado por tres huesos: ilion, isquion y pubis, que se van uniendo hasta alcanzar su configuración adulta.

padre e hijo recortado como una vidriera

    Como hemos explicado, existe otra modificación ósea, esta vez en tamaño. Al contrario de lo que ocurre en otros órganos, el hueso no crece por aposición de capas sucesivas, lo que se conoce como crecimiento intersticial, su modus operandi es ciertamente distinto. Los huesos están formados por dos partes, una diáfisis o sección central y dos extremos o zonas distales, llamadas epífisis. Cuando nacemos, estas diferentes “piezas” están separadas quedando solamente unidas por el cartílago de crecimiento. Esto explica la gran flexibilidad con la que contamos en nuestros primeros años de vida y que por desgracia perdemos según vamos soplamos velas. A medida que nuestro esqueleto se desarrolla, tanto la diáfisis, como las epífisis de cada hueso crecen en volumen y longitud y se va produciendo una mineralización de esta parte cartilaginosa, hasta llegar a su osificación. Una vez alcanzada la edad de maduración de cada hueso, todas estás secciones implicadas se unen, completando así el crecimiento. Esta edad de maduración es distinta en cada hueso, al igual que también varía en función del sexo del individuo.

    Estas diferencias óseas son extremadamente útiles en, por ejemplo, el campo de la antropología física, ya que permiten determinar con bastante precisión la edad de un esqueleto y conocer, por lo tanto, la edad de muerte. Aunque quizás, su aplicabilidad forense sea mucho más conocida para la sociedad, ya que en muchos una simple radiografía de los huesos que forman la muñeca puede ayudar a estimar la mayoría de edad de una persona.

fin de texto hueso largo

Ilustraciones de Esther Martín Beltrán


fuentes bibliográficas

Lewis., M.E. (2007): The bioarchaeology of children: perspectives from biological and forensic anthropology, Cambridge University Press, Cambridge.

Schaefer, M., Black, S.M., y Scheuer, L. (2009): Juvenile osteology: a laboratory and field manual. Elsevier Academic Press.

Scheuer, L., y Black, S. (2000): Developmental Juvenile Osteology, Academic Press, San Diego.

Shapiro, F,. y Forriol, F. (2005): Growth cartilage: developmental biology and biomechanics. Revista Española de Cirugía Ortopédica y Traumatología, 49: 55-67.


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