Capitular Hoy quiero hablar de un héroe llamado Norman Ernest Borlaug (1914-2009). Por desgracia, ni de suerte os sonará. Pero para eso estoy aquí, para hacerle un poco de justicia. Y es que, tomad las muertes por Hitler, Stalin y Lysenko, Mao, Pol Pot y la familia Kim de Corea del Norte, sumadlas y aún no se acercarán al equivalente de más de un billón de vidas que salvó Borlaug.

Borlaug nació en Cresco (Iowa, EEUU) en el seno de una familia de origen noruego. Durante su niñez trabajó en la granja familiar, por lo que conocía bien lo qué era trabajar y vivir del campo. Posiblemente eso fue lo que le empujó a estudiar ciencias forestales como primer universitario de la familia. Aunque al principio no fue nada fácil, pues sus primeros años viviendo en la granja pronto se vieron afectados por la gran depresión de 1929 y tuvo que trabajar muy duro para pagarse la carrera en Minnesota. Borlaug fue una persona sufrida, conocedor de primera mano del duro trabajo y del sudor de la frente para ganarse el pan. Por aquella época, inclusive en el emergente “Primer Mundo”, la situación era, efectivamente, preocupante. Los alimentos que se producían entonces para los 3.000 millones de personas que habitaban el planeta aportaban algo menos de 2.000 kilocalorías diarias per capita, escasamente suficientes como promedio para una población que, en buena parte, tenía grandes dificultades para acceder a suficientes alimentos. El reto al que se enfrentaban la mayoría de los países era cómo incrementar drásticamente la producción de alimentos ante el aumento de la población que se avecinaba. Y Borlaug lo sabía muy bien.

Ilustración de Betty Bau

Cuando parecía que iba a seguir su carrera profesional en el Servicio de Bosques de los EEUU, donde había solicitado trabajo antes de terminar sus estudios, quedó cautivado por una clase sobre las royas parásitas del Dr. E.C. Stackman (uno de los creadores del programa cooperativo entre la Secretaría de Agricultura mexicana y la Fundación Rockefeller, la antigua Oficina de Asuntos Especiales). Ello hizo que solicitase su admisión al programa de doctorado de patología vegetal.

Hacia el final de la Segunda Guerra Mundial, la Fundación Rockefeller creó en México el Centro Internacional para la Mejora del Maíz y Trigo, CIMMYT, al que enseguida se unió Borlaug, ya flamante doctor en patología vegetal. Trabajó en el programa agrícola Chapingo para combatir los mohos que destruían constantemente las cosechas de trigo. En aquel momento, México tenía que importar la mitad del trigo que consumía, lo que lo empobrecía aún más. Fue ahí donde Borlaug obtuvo su primer logro. Desarrolló variedades enanas de trigo de alto rendimiento y amplia adaptación, y que, además, eran resistentes a esos hongos parásitos. Y es que, aparte del moho en el trigo mexicano, lo que le preocupaba a Borlaug era su encamado (la caída del tallo del trigo debido al peso de la espiga). Para evitarlo, recurrió a cruzar esas variedades con trigos enanos procedentes de Japón, lo que redujo la estatura de las plantas. La producción de nuevas variedades semi-enanas de trigo que admitían notables dosis de abonado nitrogenado y de riego sin encamarse, supuso el salto cualitativo que se necesitaba entonces para incrementar la productividad potencial del trigo. Lo notable del trabajo realizado por el equipo de Borlaug fue no solo reducir la estatura del trigo, sino la rapidez en generar nuevas variedades enanas, altamente productivas y resistentes a la roya. Para ello, pusieron en marcha un programa de mejora genética pionero donde producían dos generaciones al año (en lugar de una que era lo normal) a base de sembrar en dos localidades geográficas en el Norte y Centro de México donde los dos ciclos productivos se podían completar en un año. Ello permitió acortar notablemente todo el proceso de producción de variedades comerciales y su adopción por los agricultores.

El éxito inicial de las nuevas variedades enanas de CIMMYT fue espectacular, y para 1956 México ya alcanzaba la autosuficiencia en la producción de trigo. Borlaug desarrolló programas similares por todo el mundo. Enviado por la FAO a la India, entre 1960 y 1965 logró multiplicar por diez las cosechas de trigo de este país mediante cruces de variedades orientales y occidentales. Diversos países asiáticos que aplicaron sus métodos, como Bangladesh, Pakistán y Turquía, llegaron a duplicar o triplicar su producción.

A poca gente le sonarán variedades de trigo como Gaines, Pitic 62, Pénjamo 62 o Siete Cerros, o los genes provenientes de la variedad japonesa Norin 10 que se introdujeron por hibridación, pero estas variedades impidieron que millones de personas murieran de hambre por ser mucho más productivas y fáciles de cultivar que sus predecesoras.

Claro que todo héroe tiene sus enemigos. A Borlaug se le ha estigmatizado desde diferentes grupos y colectivos al más puro estilo New Age, desde ser “culpable” de la sobrepoblación humana hasta por abrir paso a los “temidos” transgénicos.

Borlaug fue el padre de la Revolución Verde y Nobel de la Paz en 1970, y gracias a él debemos la sociedad que tenemos. Tomamos su legado y lo perfeccionamos, aplicando la tecnología a la agricultura de forma más eficiente, y por eso ahora los supermercados están llenos de comida a precio asequible. Los que se oponen a esto, es porque tienen la panza llena. En palabras de Borlaug:

“La oposición ecologista a los transgénicos es elitista y conservadora. Las críticas vienen, como siempre, de los sectores más privilegiados: los que viven en la comodidad de las sociedades occidentales, los que no han conocido de cerca las hambrunas. Yo fui ecologista antes que la mayor parte de ellos. Pero tienen más emoción que datos. Hoy, aproximadamente un 60% de toda la soja mundial y un 80% del trigo son transgénicos”.

Respecto a esto último, puntualizo que Europa es aún restrictiva con estos cultivos y por tanto es básicamente importadora. Eso es invertir y ahorrar, sí señor…

Panadero introduciendo pan en el horno fundido con el trigo

Ilustración de Betty Bau

Me despido del post con una frase célebre de Norman Borlaug. No todos experimentarán lo que dice:

“No puedes construir un mundo pacífico con estómagos vacíos y miseria humana”.

Suscríbete a nuestra newsletter

Prometemos enviar sólamente contenido relevante e interesante, nada de spam.

Política de privacidad

Gracias por suscribirte.

Share This