Ilustraciones de Natalia García

Mi abuela, con casi 95 años, tenía una mente muy lúcida. Nacida en el comienzo del S.XX, había vivido en una monarquía, dos dictaduras, dos repúblicas, una democracia y todo lo que, tan cerca, por vivir en la frontera con Portugal, acontecía en el país vecino. A todo esto, mi bisabuelo, maestro de un pueblo rayano, ayudaba y apoyaba a todo niño al que se adivinaban cualidades para el estudio. Mis padres, también maestros, nos reunían todas las tardes en la mesa camilla para hacer los deberes, al calor del brasero de leña de encina, en las frías tardes del invierno salmantino. Ellos leían el periódico, que sólo podíamos leer cuando hubiéramos terminado las tareas escolares. Las dudas, que surgían, las teníamos que preguntar en el colegio a la mañana siguiente; había un orden natural para trabajar y diferenciar el colegio del hogar.

En casa siempre ha habido ventanas abiertas al mundo, de la ventana del salón al jardín, que pasaba cuatro estaciones multicolores, hasta las vacaciones con cuatro niños a bordo de un coche minúsculo, nevera con bocadillos y tortilla, y sin aire acondicionado.

Desde que estudiaba en el instituto leía con interés las revistas Time y National Geographic, con la mirada puesta en todo lo que nos rodea y algo más allá. Con el regreso a la Universidad, he visto amplificado, en la forma de ver el conocimiento, el concepto Ubuntu, umuntu, nigumuntu, nagamuntu, que en lengua zulú sería algo así como: «una persona es lo que es gracias a los demás”. No podemos ser ajenos a que el crecimiento en ese discernimiento llega desde la escuela, desde la familia y en los viajes, pero, sobre todo, en el día a día, en un intento por comprender lo que nos rodea y cultivarlo para que sea floreciente.

 Todos estamos viviendo, un cambio hacia la apertura en el conocimiento. Posiblemente con un sentimiento parecido, y al menos con la misma intención, que el mismo Benjamín Franklin sentía al abrir la primera biblioteca de carácter público en Filadelfia en 1730, junto con unos compañeros y amigos de ciencia que querían hacer accesible la lectura a cualquier persona, sin diferencia de su condición social, en la que pudieran aprender todos. Más tarde, fue uno de los padres de la carta de Independencia del nuevo país que florecía con el espíritu de la igualdad entre los hombres, con el párrafo conocido que Lincoln pronunció: Sostenemos como evidentes estas verdades: que los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.

Esta puede considerarse como pieza angular de los derechos humanos, y que, en ciencia, como en la vida, pueden ser un gran referente, ajeno a disputas políticas, a incitación al odio, o a discriminación de personas por su procedencia, género, religión, ideología, o color de piel.

Sobre investigación y conocimiento en ciencias de la salud, llevando este discurso al interés por los pacientes, la Declaración de Helsinki, dice algo así en su parágrafo 8: Mientras el propósito primario de la investigación médica es generar nuevos conocimientos, este objetivo no puede estar por encima de los derechos e intereses de los individuos, sujetos de estudio. La UNESCO también habla de ello, en su carta sobre bioética y derechos humanos hace eco de la Sociedad Médica Mundial (artículo 3.2): el interés y el bienestar del individuo debe ser prioritario y estar por encima del interés de la ciencia o la sociedad.

La comunidad académica y científica, vive, al igual que el entorno profesional y social que la acoge, un momento de evolución donde el concepto de escuela vuelve, como lugar de encuentro, debate y crecimiento. Ese lugar casi mágico para muchos, que en África se conoce como Sikolo, y que se centra en el respeto al conocimiento encarnado en la figura del maestro, magister, que enseña. Actualmente, las nuevas tecnologías suplen en ocasiones ciertos rasgos de la figura del maestro, pero no lo podrán suplir completamente.

En la universidad, como centro de estudio e investigación, se pone de manifiesto una filosofía de vida enfocada a compartir, en nuestro caso, en el mundo de la salud, comunicar conocimiento científico que parte del arte del Cuidado. Y como arte, ver un espíritu de ayuda; y citando a Sir Owen Dixon, en Melbourne, que decía en un discurso para contables y financieros, pero aplicable a cualquier ámbito de aplicación:  Está en la esencia de una profesión que sus miembros sean maestros y practiquen un arte. Este arte debe depender de una serie de conocimientos organizados y ser indispensables para el progreso o mantenimiento de la sociedad, y las destrezas y el conocimiento de la profesión deben estar disponibles para el servicio del estado o de la comunidad.

Así, en la vuelta a la escuela, solo se puede sentir la evolución del conocimiento mirando adelante sin dejar atrás el pasado, como referencia en aciertos y errores, con el que construimos el futuro, sintiendo el presente como vivo, cercano, equitativo y justo en el acceso al saber como científico. Donde el valor de construir sea una prioridad, en la cual investigar y crear sirva para ofrecer soluciones que den cabida a la mejora en el bienestar de todos.

Profesora Araceli Giménez

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