«No metas los dedos en el enchufe»

Se nos dice de pequeños.

Y pasan los años,

te encuentras con la realidad:

será la única forma de conseguir trabajo en un laboratorio público.

 

 

Se cierra un capítulo y se abre otro. El año 2019 me sirvió para aprender muchas cosas sobre la situación de un científico en mi país, los bulos en ciencia, los movimientos terraplanistas, los antivacunas y las piedras que la ciencia se tira sobre su propio tejado.

 

Durante los últimos días del año, las noticias sobre la inversión en I+D se han ido colando en mi correo; Por la continuidad de un Ministerio de Ciencia, hace escasos días, compartía un artículo de ElGlobal, sobre ciencia, déficit de financiación y, entre líneas, cómo nos han tomado el pelo.

 

 

Sin embargo, no puedo evitar preguntarme… ¿Es la financiación el principal problema de la Investigación científica en España?

Al final, es como todo. Nuestros impuestos, ¿dónde están yendo? Probablemente, si hacemos esa pregunta a cualquier hijo de vecino, se le llenará la boca criticando a los políticos y la corrupción.

¡Exacto! La corrupción en España y su forma de politizar cualquier sector del país está afectando, también, a jóvenes investigadores, grupos de investigación con menos “prestigio” y, sobre todo, tratar los proyectos con favoritismos y amiguismos que enturbian la investigación y su credibilidad.

¿Dónde queda la meritocracia?

Por ejemplo, imaginemos que dispongo de un laboratorio, un grupo de investigadores, y un proyecto. De éste, se tendría que evaluar su calidad e innovación, así como también su factor de impacto y perspectivas. Vale, está bien, vamos a ponernos manos a la obra: Redactamos el proyecto y otros investigadores lo revisan de forma “parcial” y completamente «objetiva». No obstante, entre los evaluadores y los investigadores evaluados, a veces, hay favoritismos.

“Oye, se va a abrir esta plaza, preséntate”

“Hola, Juanito, te llamo para que cambies este punto y coma del segundo párrafo”.

 

Sin embargo, he de reconocer que, hasta que no empecé a desenredar artículos sobre las injusticias que se viven dentro y fuera de la ciencia, las protestas por la poca financiación de proyectos y los enchufismos, no supe que las injusticias que viven muchos jóvenes y, que en mi caso, más odio, tienen nombre y apellido: son las conocidas como plazas con bicho. Las plazas con bicho consisten en esas vacantes que ves en cualquier portal de empleo del centro de investigación pública, te inscribes, pero sabes que es en balde: esas plazas están diseñadas para los que ya están dentro. Por ejemplo, ¿Cuántas veces has mandado solicitud para una vacante en algún centro y la resolución no contiene lista de los candidatos, ni puntuación de sus méritos ni cómo se ha evaluado tales requisitos? Eso, señoras y señores, no debería permitirse en un centro público con subvenciones públicas. Además, esa endogamia impide la movilidad, la captación de talento y genera miles de jóvenes investigadores frustrados…

 

 

 

¿Se manipulan los resultados?

Como he comentado alguna vez en otras entradas (aunque quizá deba dejar de fingir y reconocer públicamente que sólo me lee mi madre y porque le mando el link reiteradas veces…), la vida del investigador es una carrera de fondo; tienes que mantenerte siempre actualizado, trabajando a tope con tus bichitos, particulitas, celulitas y demás, para poder publicar, publicar y publicar (Publicar o morir, véase mi entrada Spread or Perish), conseguir prestigio y, entonces, poder obtener más subvenciones, becas, financiación, etc. En definitiva, tener un nombre dentro de la investigación científica.

 

Como ocurrió con Susana González, ¿no?

 

 

Susana González es una bióloga que en febrero de 2016 fue despedida del Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares (CNIC), después de descubrir irregularidades en algunos de sus trabajos publicados en tres revistas de gran impacto (Nature, Nature Communications y Cell Cycle). A partir de ahí, se abrió una investigación y se empezaron a retirar otros estudios de la bióloga cuando ésta trabajaba en el Centro Oncológico Memorial Sloan Kattering de Nueva York… ¡¡EN 2003!! 

Durante dicha investigación, se entrevistaron a los coautores y/o colaboradores que trabajaron con Susana González durante esos años. Los que dieron declaraciones afirmaron que desconocían completamente los experimentos y la manipulación de los datos presentes en los artículos publicados, incluso llegando a decir que su colaboración con la doctora en esos estudios era «marginal».

Bueno, nadie sabe nada, pero todos están ahí. Me suena tanto a lo que vemos en los telediarios sobre corrupción… Nadie sabe nada.

En realidad, si me paro a pensar en cómo funcionan algunos de los laboratorios en los que he estado, el jefe parte de una idea, una hipótesis, una teoría que el becado predoc o becario de turno tiene que ingeniarse por demostrar.

«Si no te sale, prueba otra vez»

Porque, obviamente, te estés equivocando, léase entre líneas

 

 

Entonces, ¿qué conclusiones saco de mi 2019?

No sé si voy por lo cierto, o si realmente importa. Tal vez, en este 2020, siga usando este espacio para desahogarme, para tratar temas más o menos espeluznantes sobre la investigación, la ciencia, la falta de conciencia social con nuestro sector y lo poco que nos cuidamos los unos a los otros. Ojalá pudiéramos decir que la culpa la tiene la poca inversión en I+D y la falta de financiación para los centros públicos. Sin embargo, mucho me temo que, hasta que no se establezca una ciencia justa, transparente e igualitaria para todos los grupos de investigación (grandes y pequeños), seguiremos viviendo el cuento de El pez que que se Muerde la cola.

 

 

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