“El frío no mata”. Esas fueron las primeras palabras de una de mis profesoras de microbiología en la facultad. Las pronunció incluso antes de presentarse y las repetía como un mantra. Seguramente tendrá que ver con la desnaturalización de las proteínas provocada por las altas temperaturas pero lo cierto es que desde que surgiera la vida en La Tierra hace unos 4000 millones de años, los organismos vivos han tendido a especializarse en la tolerancia al frío.

Evidentemente, eso de que “el frío no mata” no es aplicable a todos los organismos, más aún cuando aumentamos en complejidad (organismos pluricelulares, sistemas circulatorios complejos, sistemas respiratorios avanzados, endotermia, etc.), pero no es menos cierto que algunos, como ciertas especies de ranas, parecen tener el síndrome de Walt Disney y pasan sus inviernos congeladas.

Yendo a lo que nos ocupa, la supervivencia al frío de los insectos, hemos de empezar por esbozar unas consideraciones previas como son que su sistema circulatorio es abierto, es decir, no tienen vasos sanguíneos (o más bien “hemolinfáticos”, porque no tienen sangre) que distribuyan la hemolinfa por el cuerpo, o que cuentan con un sistema respiratorio traqueal y no pulmonar. Esto, unido a que son ectotermos y que no tienen un sistema nervioso muy desarrollado, les facilita muchos las cosas.

De todas formas resulta impresionante cómo estos “pequeños” seres son capaces de sobrevivir a situaciones y condiciones climáticas y meteorológicas tan adversas como un invierno en la alta montaña de los climas templados (por ejemplo).

Pero ¿cómo lo hacen? Pues, en principio y simplificándolo muchos, se pueden establecer cuatro estrategias diferentes:

La no supervivencia.

Esta es la estrategia más utilizada y consiste en… morir. Los adultos de la mayor parte de las especies de insectos no sobreviven al invierno y terminan muriendo bien por congelación, bien por infecciones micóticas. Sin embargo, las bajas temperaturas no comprometen la supervivencia de los huevos, de las pupas ni de las larvas. Entre los insectos que siguen esta estrategia encontramos a las moscas domésticas (Musca domestica).

La evitación del frío.

La evitación del frío sigue dos vías. La primera (y menos común) es la migración a zonas o regiones más cálidas. Esto es lo que hace la mariposa monarca (Danaus plexippus) o algunas especies consideradas como plaga (Anacridium aegyptium). La segunda vía de evitación del frío es la usada por los insectos sociales, que se retiran a sus nidos, sellándolos y apiñándose para producir calor.

Esta estrategia, seguida por abejas (Apis sp.), hormigas (Formicidae sp.) y termitas (Termopsidae sp.), entre otros, suele presentarse en combinación con el letargo, en diferentes grados; incluso con la no supervivencia como ocurre con algunas especies de avispas sociales, en las que solo sobrevive la reina, resguardada en el avispero, almacenando el esperma que fecundará los huevos en primavera.

El letargo.

El letargo es, obviando las dos anteriores, la estrategia más común en el hemisferio norte. Este proceso se da en dos fases. En primer lugar se produce una reducción del metabolismo ocasionada por la disminución de horas de luz, esto es, la primera fase es la diapausa o el letargo propiamente dicho. Esta diapausa provoca la degradación digestiva de los ácidos grasos, generándose subproductos como el glicerol o el sorbitol, que alcanzan en las células concentraciones relativamente altas y actúan como anticongelantes.

Esta estrategia es comúnmente utilizada por coleópteros como el escarabajo de la patata (Leptinotarsa decemlineata).

La congelación.

Si en el hemisferio norte la estrategia más común es el letargo, en el hemisferio sur lo es la congelación. Este término no es una metáfora. Algunos insectos se congelan el invierno y “vuelven a la vida” en primavera.

Es de sobra conocido que el agua en estado sólido tiene menor densidad que en estado líquido, por tener un mayor ratio de puentes de hidrógeno. Esto quiere decir que una misma masa de agua ocupa un mayor volumen en estado sólido que en estado líquido. Es por esto que la congelación de un organismo presentaría problemas de lisis (rotura) celular.

Para evitar esto, algunas especies de insectos son capaces de sintetizar proteínas anticongelantes y nucleadoras del hielo. Las primeras se adhieren a los cristales de hielo impidiendo que crezcan y las segundas permiten la formación de estos cristales pero sólo donde interesa que se formen.

De esta manera, lo que se produce es un doble efecto. Por un lado, en las células encontramos las proteínas anticongelantes, que impiden la lisis celular y, por otro, en las cavidades, encontramos proteínas nucleadoras del hielo. Así, e el interior de las células el contenido en agua es mínimo, favoreciendo su conservación hasta la primavera.

Todas estas estrategias dejan claro por qué los insectos son el segundo grupo, tras las bacterias, más numeroso en el planeta. La selección natural les ha convertido en los verdaderos ganadores de la partida evolutiva.

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