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Aunque las ideas feministas han sido expresadas en muchas épocas y culturas, el desarrollo del movimiento feminista organizado es un fenómeno relativamente reciente. A lo largo de ciento cincuenta años, el feminismo organizado ha surgido en muchos países del mundo y ha luchado por algunas mejoras significativas en las vidas de las mujeres. Tras la idea generalizada sobre la igualdad de los sexos, hay una historia de campañas en defensa de derechos políticos, legales y sociales específicos. En 1792, la inglesa Mary Wollestonecraft (1759 – 1797) escribió uno de los grandes clásicos de la literatura feminista, Una vindicación de los derechos de las mujeres. Su visión de una educación que permitiera a las niñas realizar su potencial humano inspiraría a muchas reformadoras del futuro. La emancipación de las mujeres era un elemento sustancial en los movimientos liberales y progresistas de reforma en los siglos XIX y XX. Por su importancia, el surgimiento del movimiento feminista puede compararse con la abolición de la esclavitud, la aparición del nacionalismo en los imperios coloniales y la organización política de las clases obreras.

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  En la primera mitad del siglo XIX, en las sociedades recién industrializadas de los Estados Unidos y del Reino Unido, las vidas de las mujeres de clase media estaban sujetas a ciertas restricciones sociales. Se ponía mucho énfasis en las tareas domésticas y en el trabajo voluntario religioso y de beneficencia pero el empleo remunerado, sobre todo fuera del hogar, no estaba bien visto. Las mujeres de clase obrera tenían prohibido el acceso a muchos de los empleos mejor pagados, tradicionalmente masculinos. Solían trabajar en los sectores no cualificados del mercado laboral o en talleres (donde trabajaban jornadas largas en malas condiciones a cambio de sueldos muy bajos).  Se les negaba el acceso a la educación superior, al aprendizaje y a la formación profesional, y se rehusaba legalmente su derecho al sufragio (es decir, su derecho a voto). En la Convención de Seneca Falls, en el estado de Nueva York, en 1848 – la primera reunión en defensa de los derechos de las mujeres –, las delegadas declararon que “todos los hombres y las mujeres son creados iguales”. Este principio sustentaba el trabajo de Susan Anthony (1820 – 1906) y Elizabeth Cady Stanton (1815 – 1902), dos de las más destacadas defensoras del poderoso movimiento estadounidense por el derecho al sufragio y a la igualdad de derechos. Ellas fundaron la Asociación Nacional por el Sufragio Femenino, en 1869. 

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En el Reino Unido, las feministas empezaron a organizarse entre los años 1850 y 1860, ocupándose inicialmente en crear oportunidades de empleo, mejorar la educación de las niñas y reformar las leyes sobre la propiedad. La doctora Elizabeth Garret Anderson (1836 – 1917) fue la primera mujer que ejerció como médico, en 1865, pese a la fuerte oposición colegial de la profesión. En 1878, la Universidad de Londres fue la primera institución de enseñanza superior que admitió a las mujeres en todos sus exámenes y licenciaturas. Se logró una reforma legal significativa en 1882, cuando las mujeres casadas obtuvieron el derecho a la propiedad. El movimiento por el sufragio en el Reino Unido empezó en 1866 cuando John Stuart Mill (1806 – 1873), diputado radical del Parlamento y filósofo, presentó la primera petición por el voto femenino ante el Parlamento. Hacia 1900, la Unión Nacional de Sociedades por el Sufragio Femenino, encabezada por Millicent Garret Fawcett (1847 – 1929), se había convertido en la mayor organización de reivindicación del voto en todo el país. Sus miembros, conocidas como “sufragistas”, hicieron campaña a favor del voto utilizando medios constitucionales y pacíficos. En 1903, se formó una nueva asociación de “sufragistas” – la Unión Social y Política de Mujeres – encabezada por Emmeline Pankhurst (1858 – 1928) y su hija Christabel (1880 – 1958). Sus métodos más militantes – como encadenarse a las verjas, romper ventanas y realizar huelgas de hambre – fueron acciones polémicas y, en ocasiones, ilegales. 

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A principios del siglo XX las mujeres también reivindicaron reformas sociales, sobre la información sobre control de la natalidad y la creación de maternidades. Las mujeres trabajadoras intentaron mejorar su posición económica a través de sindicatos como la Unión Nacional de Mujeres Trabajadoras, fundado en 1906. En tanto, en otros países europeos, en Australia y en Nueva Zelanda, también empezaba a surgir con fuerza un movimiento feminista, de mediados a finales del siglo XIX. Las feministas francesas, por ejemplo, fundaron la revista Le Droit des Femmes (Los derechos de las mujeres) en 1869 y reivindicaron con éxito el acceso legal a las carreras profesionales en 1900, y el derecho de las mujeres casadas a controlar sus propios ingresos en 1907. Un movimiento neozelandés, pequeño pero muy efectivo, obtuvo el voto para las mujeres en 1893 y Nueva Zelanda se convirtió así en el primer país en aprobar el sufragio femenino a escala nacional. 

  Aunque la primera ola del feminismo alcanzó su auge hacia 1930, a mediados del siglo XX hubo esfuerzos incesantes para mejorar la posición de las mujeres pero a una escala muy reducida. El uso generalizado de mano de obra  femenina durante la Segunda Guerra Mundial, a menudo en sectores tradicionalmente dominados por hombres como la agricultura y la industria, duró poco. Al final de la guerra, muchas mujeres abandonaron las nuevas técnicas que habían aprendido y volvieron al trabajo en el hogar. En los siguientes años de proliferación de la natalidad, en la década de los cincuenta, las ideas tradicionales sobre el papel de la mujer en la sociedad volvieron a arraigar, sobre todo en el mundo occidental, y los logros de las primeras feministas fueron en gran parte ignorados por la historia. Cuando Simone de Beauvoir (1908 – 1986) publicó su análisis sobre la condición de la mujer en El segundo sexo, en 1949, fueron muchos los que consideraron que sus ideas eran escandalosas e incluso ofensivas. 

El movimiento feminista resurgió a finales de los años sesenta y a principios de los setenta y se nutrió en gran parte de la política radical estudiantil de América del Norte y Europa Occidental. En aquella época solía hablarse de “Movimiento de Liberación de la Mujer”. Las mujeres estaban aún acostumbradas a aceptar como primordial su papel femenino, doméstico y maternal. Les resultaba difícil participar activamente en el mundo masculino de los asuntos públicos y políticos, así como entrar en sectores de la economía dominados por el hombre, como la empresa, la industria y la banca. 

  Lo concreto, lo contundente, es que con cierta diferencia de estilo y objetivos respecto de la primera ola de feminismo, el movimiento feminista contemporáneo ha hecho hincapié en los temas del cuidado infantil, la sexualidad, la violencia masculina y el papel de hombres y mujeres en el hogar. Ha planteado cuestiones acerca de cómo y por qué los hombres y las mujeres son diferentes en el debate de “naturaleza contra nutrición”: en otras palabras, aparte de las diferencias físicas, ¿las mujeres son diferentes de los hombres por su configuración genética o por su formación? En la actualidad, el movimiento feminista es claramente un fenómeno global con una actividad organizada en todos los continentes. A menudo, sus objetivos están marcados por las condiciones y leyes existentes en cada país y cultura. A modo de conclusión, podría sintetizar que aunque el Movimiento Feminista ha conseguido muchos de sus objetivos, todavía queda mucho por hacer. Para citar un ejemplo diré que en Inglaterra, pese a las campañas a favor de la igualdad de salarios desde la Primera Guerra Mundial y la Ley de Igualdad de Salarios en 1970, el “nivel salarial” de la mujer sigue siendo inferior al del hombre en muchas ocupaciones, y los ingresos medios de las mujeres a escala nacional son aproximadamente sólo el setenta y cinco por ciento de los ingresos medios de los hombres. Salvo en los países escandinavos, las mujeres que participan activamente en el gobierno, en los niveles más altos de la burocracia y en los sindicatos de trabajadores son una reducida minoría. En concreto, las mujeres siguen viviendo en una sociedad gobernada predominantemente por hombres.   

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