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Texto de Julio de la Torre.

Ilustraciones de Roser Moreno.

El día 2 agosto del año 1990, se transmitían en directo por la CNN las escenas iniciales de la primera Guerra del Golfo, la invasión inicial de las tropas de Sadam Hussein, y la posterior liberación de Kuwait por las tropas norteamericanas de la invasión iraquí. Vivir esta experiencia televisiva desde la costa Este de los Estados Unidos puso en un plano consciente de lo que era un hecho único en las comunicaciones en directo, junto con la aparición de los primeros teléfonos móviles, por aquel entonces, con redes muy escasas.

El cambio de paradigma en comunicación estaba en marcha. La revolución tecnológica de las tres últimas décadas nos deja sin aliento en una evolución constante. El desarrollo exponencial de pantallas táctiles, mensajes instantáneos y teleconferencias está alcanzando cotas inimaginables para los que hemos sido testigos de esa revolución, con la que era difícil incluso soñar. La tecnología que envió el hombre a la Luna ahora mismo cabe en la palma de la mano, y es un regalo habitual para las primeras comuniones. Con esa afirmación, la realidad es que cualquier teléfono móvil del mercado de gama media tiene algo más de un millón de veces más de memoria RAM que el ordenador del Apolo XI y multiplica por unas 100.000 veces su capacidad de procesamiento.

Un poco más adelante en el tiempo, pasamos a la investigación biomédica y los procesos logísticos que ella conlleva para recoger los datos de los pacientes y exportarlos a los sistemas de recogida de datos que permiten su análisis estadístico y su traducción a un lenguaje científico para su publicación y difusión. En salud y ensayos clínicos, los primeros registros en Cuadernos de Recogida de Datos eran introducidos de forma manual: de la historia clínica en papel, se pasaba en el mismo formato a ese cuaderno, se enviaban las hojas calcadas por correo o mensajería y se utilizaba el fax para responder a los monitores.

Actualmente, los sistemas de monitorización remota, el cifrado de datos, y el ajuste de las historias clínicas electrónicas a sistemas organizados de recogida de datos masiva (más conocidos como Big Data) facilitan la rapidez de transmisión de los resultados de investigación. Esto supone un gran ahorro de costes y conlleva un impacto directo en el tiempo que transcurre entre el desarrollo inicial de nuevos fármacos y su llegada al mercado. Los datos estructurados, que en salud son con frecuencia numéricos, se trasladan al análisis casi de forma automática, y la codificación de los datos no estructurados (comentarios en la historia clínica, registro de cuidados, incidencias, etc.) posibilitan estos cambios que hemos comentado.

La revolución tecnológica debe estar encaminada, en el marco de la comunicación, a que esta sea efectiva. O más efectiva. Tenemos herramientas de comunicación remota, facilitadores de la comunicación presencial, desarrollo de sistemas de transmisión de datos remotos incluso en las situaciones más desfavorables y donde el salto hacia la tecnología y la ciencia puede provocar un impacto aun más positivo. Todas ellas deben servir de vehículo facilitador para esta asimilación de contenidos, sean estos los que sean.

La utilización del lenguaje como herramienta de comunicación tiene un sobrado reconocimiento, si bien habría que hacer alguna puntualización a esta afirmación: no siempre el lenguaje que utilizamos es entendible, asiduamente no se emplea el apropiado al público que lee o escucha esa comunicación, y especialmente, y de forma muy frecuente, no llega a ser entendido de forma reflexiva, con lo que el mensaje original puede verse alterado, contradicho o refutado sin haber sido comprendido.

 

Fig.1. «Comunicación». Roser Moreno.

 

Disponemos de herramientas para hacer que el lenguaje sea más accesible a todos, tanto el dirigido al público general, como a profesionales especializados en un área concreta, pasando por estudiantes o pacientes, con especial atención para los que nos dedicamos al cuidado de la salud de las personas. Este punto será clave en la conceptualización de la llamada Educación para la Salud (EpS). Sin una herramienta adecuada, el mensaje no llegará, y en el peor de los casos, las intervenciones que propongamos serán poco útiles. Una de esas herramientas es el análisis comprensivo de un texto o un discurso. El Índice de Niebla, diseñado por el editor inglés Robert Gunning propone una clasificación de legibilidad, basada en la longitud de las palabras y de las mismas dentro de una frase unido a los signos mayores de puntuación. De esta manera, se pueden analizar textos y clasificarlos en rangos de legibilidad, y estos, adaptarlos a estudiantes de diferentes edades y grados. Para orientarnos, un índice elevado hace que el texto sea difícil de leer, y un índice bajo, sencillo y accesible. Tal y como puede ser un cuento infantil, y también, el lenguaje científico, basado en frases cortas y comprensibles.

Muchas de estas cuestiones son claves en los mensajes que trasmitimos a los pacientes o a cualquier interlocutor, y también son la fuente de nuestro mayor problema: el fracaso de nuestra intervención, además del coste que esto puede suponer. Imaginemos, o mejor, propongamos ejemplos reales: un paciente con diabetes mellitus tipo I. Este diagnóstico, a priori, no precisa insulina y no es dependiente de análisis frecuente de glucosa en sangre, al menos en ciertas fases de la enfermedad. La diabetes en estas fases es, con frecuencia, muy bien controlada a través de la dieta y el ejercicio físico controlado, sin embargo, no son muchos los pacientes que tienen una adherencia al tratamiento adecuada, pues ese tratamiento lo entienden como “medicamentos” en forma de pastilla u otras presentaciones, y sin embargo, no se relaciona por parte de los pacientes como una intervención de salud con resultados directos (y especialmente positivos) en ellos. Este mismo ejemplo es aplicable al sobrepeso en un paciente con insuficiencia cardiaca, o que precisa de una prótesis de cadera o rodilla: el peso excesivo es un problema para ellos, y sin embargo, no está dentro de sus prioridades el normalizarlo dentro de los límites de que nos dice el índice de masa corporal.

¿Tenemos responsabilidad los profesionales en esta cuestión? Desde luego que sí: por un lado, y como ejemplo en el ámbito de la salud, cambiar el discurso del uso de fármacos para toda enfermedad diagnosticada, y por otro, la aplicación del concepto de “paciente activo” no sólo en redes sociales, sino activo frente a su enfermedad o problema de salud asociado. Esto es clave: las personas hemos de ejercer responsabilidad en la conducta de nuestra vida en todos sus ámbitos: social, de comportamiento cívico, económico, de trabajo, en salud, etc. Esa responsabilidad incidirá en todas nuestras acciones conscientes para el desarrollo de cualquier actividad y normalmente, el impacto de las mismas será positivo.

La comunicación a través del lenguaje, tanto escrito como oral, depende del factor principal de la comprensión del mensaje, del discernimiento de este, es decir, de la reflexión sobre ello y el punto de apoyo en el cambio. La adaptabilidad de nuestro mensaje ha de producir cambios y debe tener consecuencias en la comprensión del mensaje por parte del paciente o del público al que nos dirijamos para completar el ciclo. Y poder tener éxito en el propósito inicial.

 

Fig.2. «Lenguajes de la salud». Roser Moreno.

 

Algunos consejos para una comunicación oral más fluida pueden comprender:

1.- Escucha activa y reflexiva. Sin una escucha previa, no alcanzaremos el nivel de comprensión del problema a tratar. Habremos de tomar notas, esquematizar y listar posibles impedimentos. Si trabajamos en una consulta, no poner el ordenador en la mesa principal, sino en una secundaria, y especialmente, no poner obstáculos visuales entre los interlocutores. Las mesas, lo más despejadas posible, que sean redondas, mejor que las alargadas o cuadradas, pues visualmente ofrecerán menos limitaciones.

2.- Adaptación del lenguaje al interlocutor. Clave para ser comprendido y comprender. No utilizar lenguaje excesivamente técnico o profesional si el oyente no tiene capacidad de comprensión del mismo. La adaptación del lenguaje se puede ver apoyada con dibujos, esquemas y notas. El estilo empático y asertivo incluye el lenguaje no verbal: la dirección de la mirada o la sonrisa, la afirmación con la cabeza o la postura de los brazos y las manos.

3.- Constante retroalimentación en los mensajes y la valoración de la comprensión de estos. El diálogo será fundamental para establecer el éxito (o no) del proceso de comunicación. Nos dará información constante sobre los diferentes niveles de entendimiento y nos capacitará para la adaptación del lenguaje comentada en el punto anterior.

Por último, deseo insistir en las posibilidades que tenemos a nuestro alcance y el poco (o mal) uso de los recursos de los que disponemos. Pensemos en ello cuando veamos la pantalla de nuestros teléfonos e intentemos, con esas herramientas, construir (o seguir construyendo) un mundo mejor.

Profesoras Araceli Giménez y Ania Munera.

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