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Texto de Álex Richter-Boix.

Ilustraciones de Tamara García.

Agua pasada no mueve molino, dice un refrán español. De nada nos sirve mirar el pasado, se nos dice, pues el pasado no se puede cambiar, pero en realidad sabemos que los eventos del pasado nos permiten contextualizar el presente, predecir posibles futuros y guiar la toma de decisiones.

Comprender el pasado y sus consecuencias forma parte de disciplinas tan diversas como la estadística, la psiquiatría, la educación, la medicina, las ciencias políticas o las propias finanzas. De hecho, el olvido de experiencias pasadas y el cambio asociado a las bases socioculturales, un fenómeno que se conoce como amnesia histórica o social, se sabe que puede tener implicaciones peligrosas para la política y los derechos humanos. Quizá por eso, el filósofo holandés, de origen sefardí hispano-portugués, Baruch Spinoza ya dijo en el siglo XVII que “si no quieres repetir el pasado, estúdialo”.

La biología de la conservación es una disciplina relativamente joven, se estableció apenas hace cuarenta años, en la década de 1980. Se puede afirmar que es una disciplina de crisis, orientada desde sus orígenes a dar respuestas a los graves problemas medioambientales a los que nos enfrentamos. Son estudios alentados a sugerir mediadas de gestión y políticas ambientales basadas en datos cuantitativos y cualitativos. Sus problemas son actuales pero las principales preocupaciones ambientales que afrontamos hoy tienen precedentes en el pasado.

El registro fósil y otros datos ambientales de lo que sucedió nos informan de la historia de la vida desde tiempos remotos, y con ello nos permiten comprender mejor la pérdida de biodiversidad actual. Explorando el pasado de las especies podemos tener unos patrones de referencia “naturales” de las poblaciones, antes de que los humanos alterásemos los ecosistemas. Podemos observar como las especies respondieron a los cambios climáticos del pasado para predecir lo que sucederá a muchas especies actuales si no ponemos remedió al cambio climático que hemos generado.

Mirando atrás podemos evaluar los efectos de las interacciones entre humanos y naturaleza desde tiempos prehistóricos e históricos, evaluando nuestro efecto sobre la biodiversidad tanto a escala milenaria, centenaria como de décadas. Muchas respuestas a nuestros problemas ambientales actuales las encontramos en el pasado. Tirando del hilo temporal podemos intentar comprender en qué momento y cómo apareció el problema. Pese a ello, la biología de la conservación se ha centrado tradicionalmente en el presente, prestando poco interés por el pasado. Sin embargo, en los últimos años su potencial está siendo reconocido. Por ejemplo, los datos que nos permitan reconstruir los tamaños de poblaciones de las especies en el pasado se están incorporando en las directrices de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), así como en las proyecciones realizadas por el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC).

Es importante tener una referencia de cómo eran las cosas antes del problema. La pérdida del conocimiento histórico está asociada a una percepción social cambiante, en la cual lo que se considera “normal” muta continuamente en función del tiempo. Para una generación lo “normal” podía ser ver lobos en las montañas, para los nietos de esa generación, su “normalidad” es tener unos bosques sin lobos. Pasadas unas generaciones nadie recordará que los lobos un día vagaban por esos lares. Aún así, ¿cuál era la situación del lobo antes de que los humanos interaccionásemos con ellos? Sin una referencia histórica que ancle lo que entendemos como “normal” es difícil definir objetivos de gestión ambiental para restaurar los ecosistemas degradados por nuestras actividades.

Los registros a largo plazo nos están revelando una imagen compleja con cambios constantes de biodiversidad, tanto por las actividades humanas sobre el paisaje a lo largo de la historia, como por los cambios ambientales que ha sufrido el planeta. Todo ello desafía nuestra visión idealizada de pasados próximos que muchas veces se han utilizado para establecer los objetivos de gestión y restauración. Existe en la actualidad un debate alrededor de lo qué puede y no puede decir el pasado a la ciencia de la conservación. ¿Qué procesos del pasado son comparables a los actuales? ¿Cuál es el poder predictivo de los datos obtenidos del pasado? El pasado, aunque es un país extraño, es vital para saber cómo hemos llegado hasta la situación actual y predecir el futuro, pudiendo ayudar en la lucha por preservar la biodiversidad.

Después de todo la biología de la conservación es muchas veces una ciencia que mira al futuro que debe decidir que políticas y acciones llevar a cabo en base a una serie de escenarios futuros posibles. ¿Cómo podemos saber que predicciones de futuro son las más certeras? Es obvio que la veracidad de un escenario futuro, un dominio que está más allá de nuestra experiencia directa, no se puede comprobar, siempre tendremos dudas sobre la forma precisa que adoptará el futuro. De esta incertidumbre se aprovechan los negacionistas del cambio climático. La toma de decisiones sin embargo siempre un proceso que mira más allá, hacia el futuro, y por tanto debe tener una imagen de este, sobre todo una imagen del futuro que deseamos. Conocer cómo eran los ecosistemas antes de que los hombres los alterásemos en exceso puede que no nos permita predecir con exactitud el futuro, pero sí que nos proporciona una visión y orientación de lo que podría suceder y ayudarnos así a actuar con buen juicio ante lo que suceda.

El zorro ártico y las nieves que se fueron

Por los registros fósiles y los modernos análisis de ADN sabemos que el final del Pleistoceno, hace aproximadamente 10.000 años, resultó ser un periodo dramático para las especies árticas. Las grandes capas de hielo que cubrían gran parte del hemisferio norte del planeta se retiraron, el mundo se calientó, y muchas de las especies se vieron obligadas a desplazarse siguiendo el frío o sufrieron grandes pérdidas de diversidad genética. Las especies árticas que sufrieron aquel cambio climático drástico, en tiempo más recientes han padecido la expansión de las actividades humanas a estas regiones. Sus hábitats han sido alterados, muchas veces destruido, esto, junto con la caza y la polución han ocasionado que muchas de las poblaciones de estos animales hayan descendido en el último siglo.

Una de las especies que mejor representa todas estas alteraciones es el zorro ártico (Vulpes lagopus). Esta especie que en otros tiempos gozó de una amplia distribución por el hemisferio norte se encuentra hoy restringido a las regiones polares de Eurasia, Norteamérica, Islandia y Groenlandia. En la península escandinava está clasificada como especie amenazada. El comercio peletero ha hecho que en el último siglo sus poblaciones pasaran de varios miles a unos pocos centenares. A pesar de su protección, en la actualidad la especie no ha conseguido recuperarse, y son tan solo unos 300 los zorros árticos que habitan Escandinavia. La falta de recuperación se atribuye a la falta de diversidad genética por la caza del pasado, pero también a la extensión hacia el norte del zorro (Vulpes vulpes) a medida que la región se ha ido calentando.

El estudio genético de 30 zorros árticos de tiempos históricos, recuperados de museos de entre 1845 y 1927, así como de 26 zorros árticos del Pleistoceno de entre 30.000 y 12.000 años han permitido a los investigadores reconstruir la historia del zorro ártico en Escandinavia. Esta perspectiva histórica ha permitido ver que los zorros árticos que habitaban en su momento gran parte de Europa se extinguieron cuando las nieves se retiraron de gran parte del continente. Siempre se había creído que se desplazaron hacia el norte y que los zorros de Escandinavia eran herederos de éstos, pero los análisis genéticos han concluido que no hay rastro genético de los zorros europeos en los escandinavos. Al desaparecer las nieves, desaparecieron los zorros árticos de gran parte de Europa sin poder migrar al norte. Es un dato importante porque evidencia la incapacidad de una especie de gran movilidad como un zorro para seguir al clima cuando este cambia. ¿Qué sucederá con muchas especies actuales a medida que el cambio climático se vaya acelerando? El pasado nos puede enseñar mucho sobre lo que puede pasar en un futuro próximo.

 

Fig.1. «Cambio climático». Tamara García.

 

La situación actual de cambio climático tiene un agravante respecto a los cambios climáticos del pasado: la presión humana que han sufrido gran parte de las especies en los últimos siglos. La historia del comercio peletero en Escandinavia puede leerse en el ADN de los zorros árticos actuales. En el último siglo la mitad de la diversidad genética de la especie ha desaparecido de la región. A la situación actual del zorro ártico hemos llegado, primero por una pérdida de poblaciones por el cambio climático que tuvo lugar a finales del Pleistoceno, así como por la caza intensiva de los siglos XIX y XX. Todo ello ha dejado a la especie vulnerable ante los cambios que traiga consigo el cambio climático que estamos causando.

La historia del zorro ártico probablemente no es única, nos avisa de que los cambios climáticos implican la pérdida masiva de poblaciones y de variaciones genéticas únicas. Nos habla de la incapacidad que muchas especies pueden tener para moverse en busca de condiciones climáticas a las similares a mediada que el clima cambie en su lugar actual.

Saber cómo los cambios climáticos del pasado perturbaron los ecosistemas debería hacernos plantear cómo queremos encarar el actual cambio climático. Hace tiempo que sabemos que nosotros somos la causa del cambio, que podemos frenarlo si actuamos en consecuencia, porque sabemos del pasado, que si se acentúa el cambio muchas especies no van a poder responder al mismo. Quizás muchos de nosotros tampoco podamos. Los paisajes que conocemos cambiarán, los ecosistemas quedarán alterados y con ellos su funcionalidad. El tiempo es un país extraño, pero no tanto, podemos mirar atrás para aprender de él. Saber lo que pasó. Entenderlo y pensar qué podemos hacer para prevenir lo que sucedió entonces. Podemos aprender del pasado. Deberíamos, pero Aldous Huxley ya nos avisó en su momento: “que los hombres no aprendan mucho de las lecciones de la historia, es la lección más importante que la historia nos enseña”.

Fig.2. «Especie vulnerable». Tamara García.

 

 


Lecturas complemetarias:

  • Huxley, A. 1958. Collected essays. New York, NY: Harper & Brothers
  • IUCN/SSC. 2013. Guidelines for reintroductions and other conservation translocations. Version 1.0. Gland, Switzerland: UICN Species Survival Commission.
  • Jackson ST. 2001. Intergrating ecological dynamics across timescales: real-time, Q-time and deep time. Palaios 16: 1-2
  • Kareiva P, Marvier M. 2012. What is conservation science? BioScience 62: 962-969
  • Lagerholm VK, Sandoval-Castellanos E, Vaniscotte A, Potapova OR, Tomek T, Bochenski ZM, Shepeherd P, Barton N, van Dyck MC, Miller R, Höglund J, Yoccoz NG, Dalén L, Stewart JR. 2016. Range shifts or extinction? Ancient DNA and distribution modelling reveal past and future responses to climate warming in cold-adapted birds. Global Change Biology 23: 1425-1435
  • Larsson P, von Seth J, Hagen IJ, Götherström A, Androsov S, Germonpré M, Bergfelt N, Fedorov S, Eide NE, Sokolova N, Berteaux D, Angerbjörn A, Flagstad O, Plotnikov V, Norén K, Díez-del-Molino D, Dussex N, Stanton DWG, Dalén L. 2019. Consequence of past climate change and recent human persecution on mitogenomic diversity in the artic fox. Philosophical Transactions of the Royal Society B 374:
  • MacMillan M. 2008. The uses and abuses of history. New York, NY: Viking
  • Rull V, Vegas-Vilarrúbia T. 2010. What is long-therm in ecology? Trends in Ecology and Evolution 26: 3-4
  • Turvey ST, Crees JJ. 2019. Extinction in the Antrhopocene. Current biology 29: R982-R986
  • Wandeler P, Hoeck PEA, Keller LF. 2007. Back to the future: museum specimens in polulations genetics. Trends in Ecology and Evolution 22: 634-642

 

Profesoras Araceli Giménez y Ania Munera.

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