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Autora Fabiana Malacarne.

Ilustraciones de Javier Sanchis.

Un día lluvioso, Iván estaba leyendo “El Principito” y cuando llegó a la parte en la cual el zorro le dice “lo esencial es invisible a los ojos” se acordó de las huellas genéticas y que no se las podía ver a simple vista, y… ¡quiso saber más!

Creyó haber leído algo al respecto en algún lado, pero… ¿dónde? Pensando y pensando, recordó que había un artículo llamado “Sherlock Genómico” (se acordaba porque es fanático de Sherlock Holmes y sus investigaciones) en un blog científico ¡Esa página web le encantaba! Fue hasta la compu, la encendió y buscó hasta encontrar lo que quería.

Huella genética

Iván descubrió que las huellas genéticas no las podemos ver porque están en nuestro ADN, pero lo más curioso es que leyó que tooooodos los seres humanos nos parecemos en un 99%; es decir que las huellas genéticas hay que buscarlas en el 1% restante ¡Muy interesante!, pero difícil de entender.

Recordó, de sus investigaciones con la profe Laura, que el ADN está en el núcleo de las células “apretado” en los cromosomas, pero aun no podía entender cómo hacían los investigadores para ver si dos ADN eran iguales o diferentes, así que buscó un libro de Biología y leyó:

El ADN es una molécula con estructura de doble hélice, formada por cuatro bases nitrogenadas: Adenina (A), Timina (T), Guanina (G) y Citosina (C) y que en la doble hélice siempre A se empareja con T y G con C

Al leer esto y ver el dibujo del libro se imaginó que la molécula de ADN era como un cierre, igualito al de las chaquetas, donde los “dientes” eran las bases y encajaban perfectamente unos con otros.

Volviendo al artículo de Sherlock Genómico leyó que el FBI creó un sistema de identificación por medio de huellas genéticas denominado CODIS.

 

 

 

Fig.1. «CODIS». Javier Sanchis.

  • ¡Con razón los de la serie CSI andan con el CODIS para aquí y el CODIS para allá!

Una fotocopiadora de ADN

Iván pensó que las investigaciones debían ser dificilísimas si hay que sacar ADN de cosas muy pequeñas que se encuentran en la escena del crimen: un cabello, un pedacito de uña, gotas de sangre o la colilla de un cigarrillo. Pero resultó ser que no, porque un señor muy inteligente inventó un aparatito, llamado PCR, que funciona como una fotocopiadora de ADN y de una muestra pequeña se pueden obtener millones de copias igualitas que alcanzan para investigar las huellas genéticas.

  • ¡Ah, la ciencia! Pensó

13 es el número de la suerte

Iván iba haciendo un recuento mental:

  • El ADN que está en las células tiene cuatro “letras”: A, T, G, C
  • Puede extraerse de una muestra de la escena del crimen
  • Se “fotocopia” en la PCR, y… ¡tengo que seguir leyendo!

Volvió al artículo y leyó algo muy interesante: hay 13 lugares en los cromosomas humanos donde una cantidad específica de letras del ADN se repite varias veces (como si ahí el ADN fuera un loro). Y es en esos 13 lugares donde los investigadores buscan la huella genética.

Más entusiasmado que antes porque ya iba entendiendo el tema, siguió leyendo que en el cromosoma 7 hay un lugar llamado “D7S820” donde las letras del ADN forman la palabra GATA y que dicha palabra puede repetirse entre seis y quince veces. El número de repeticiones es diferente entre individuos, salvo que sean de la misma familia donde son parecidas.

Tan interesado estaba en el tema que no advirtió que entraba su mamá, que lo asustó cuando le dijo:

  • ¿Qué estás leyendo Iván?
  • Cuantas veces se repite GATA
  • ¿Qué gata? Dijo su mamá, nosotros no tenemos ninguna gata
  • ¡Ay!, no es eso. Tú no entiendes y ahora no tengo tiempo para explicarte. Esto es un asunto de investigación criminal

La madre de Iván que lo conocía muy bien (“como si lo hubiera parido” dirían algunos) sonrió y se fue a buscar la ropa que tenía que planchar, pensando qué estaría investigando su hijo ahora. No le cabía duda que pronto se enteraría, porque así como Iván era bueno para guardar todo tipo de cosas (monedas antiguas, papelitos, juguetes viejos) no lo era para guardar secretos…

 Los resultados se ven en ¡una gelatina!

Iván presentía que ya estaba cerca de descubrir el misterio de las huellas genéticas, así que siguió concentrado.

Según leyó, los científicos después de extraer el ADN de las muestras y “fotocopiarlo” en la PCR, lo ponen a “correr” en un gel.

  • ¿Correr?, pensó… si el ADN no tiene patas

Resulta que el gel es muy parecido a una gelatina (la que nos da mamá de postre), pero sin color. Esta se pone entre dos vidrios y se la conecta a una carga eléctrica y… ¡cha, chan! como el ADN tiene carga negativa, los fragmentos “corren” hacia el polo positivo (por eso de que los opuestos se atraen) llegando más lejos aquellos más pequeños (más cortos) y quedándose más cerca del polo negativo los más grandes o más largos. Los resultados pueden verse en forma de bandas, tiñendo el gel con algún colorante.

Fig.2. «Gel y ADN». Javier Sanchis.

Solo falta comparar

Con los resultados en la mano, los investigadores comparan las bandas (rayitas) del gel donde están las huellas genéticas recogidas en la escena del crimen y la de los sospechosos. El sospechoso que tenga las bandas iguales a la escena del crimen es ¡culpable!

Iván cerró los libros que había usado, apagó la compu y se fue hasta donde su mamá estaba planchando. Con las manos en el bolsillo, le dijo:

  • Se ganan bien el sueldo los investigadores de CSI
  • ¿Por qué? Le preguntó su mamá, entre sorprendida y divertida
  • ¡Porque encontrar huellas genéticas lleva mucho trabajo!

 

Profesoras Araceli Giménez y Ania Munera.

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