Benjamin Zucke estaba exultante. Aunque últimamente lo acompañaba la preocupación por la delicada salud de sus padres, la llegada de una buena noticia fue especialmente dulce para su estado de ánimo.

Había escrito al Discovery Institute, la organización defensora del diseño inteligentecomo alternativa a la teoría de la evolución, para hacerles llegar una información comprometedora. Necesitaba sembrar la duda en la teoría de Darwin y estaba seguro que tenía algo importante. Lo que Benjamin encontró indicaba que el mono y el ser humano no podían tener un antepasado común por una simple cuestión de aritmética: las células de los grandes simios poseen 24 pares de cromosomas, mientras que las células humanas sólo contienen 23.

Mientras mantenía la esperanza de que su misiva pusiera en su sitio lo que calificaba como “esa desagradable idea que ya dura demasiado”, recordó al reverendo William Paley en la que se le antojaba la primera explicación convincente de la necesidad de un “creador”. Si al atravesar un zarzal, decía Paley, nos encontráramos un reloj, no podríamos ser tan necios de afirmar que cada muelle, cada engranaje del mecanismo hubiera surgido por azar, y que cada componente ocupara su lugar sin la intervención de un diseñador. Los seres vivos deben ajustarse a la misma condición, ya que son mucho más complejos que un reloj.

A Benjamin le parecía lógico que las cosas complejas requirieran de una inteligencia superior para ser creadas. Tuvieron un origen y cumplen un propósito, pensaba. Sin duda, las cosas vivas son complejas y necesitan una explicación especial.

Los codescubridores de la selección natural no parecían personas convincentes, según el parecer de Benjamin. El primero, Charles Darwin, fue un estudiante más bien mediocre. Se aburrió de la química, abandonó la medicina en el segundo curso, y dedicó bastante tiempo a hacer el golfo en el Christ’s College de Cambridge, a donde su padre le había enviado para convertirse en sacerdote. Al segundo, Alfred Wallace, un naturalista desconocido en la selva de Malasia, se le había ocurrido la idea del origen de las especies en medio del delirio febril causado por la malaria. No era de extrañar, opinaba Benjamin, que el 1 de julio de 1858, cuando presentaron conjuntamente un resumen sobre su teoría ante la Linnean Society, ninguna de las treinta personas asistentes a la lectura, se mostrara sorprendida lo más mínimo.

Al día siguiente, Benjamin comenzaba a leer la respuesta que le enviaba el Discovery Institute:

Estimado sr. Zucke,

Le agradecemos la información que ha tenido la amabilidad de hacernos llegar. La estudiaremos detenidamente para su publicación en nuestro boletín, y le mantendremos informado sobre las acciones que nos permita llevar a cabo la información citada.

Con nuestro más afectuoso saludo,
                                                                                    Bob Crawn

Tras concluir la lectura, Benjamin se sintió tentado de llamar a su padre para contarle la noticia. Quizá le ayudaría a olvidarse de la enfermedad que cada vez lo debilitaba más. Recordaba con emoción las veces que le hablaba de su abuelo William, que fue testigo privilegiado del juicio contra John Scopes en 1925, el profesor de enseñanza secundaria acusado de enseñar la teoría de la evolución en una escuela de Tennessee. Su abuelo recordaba especialmente el día en que Clarence Darrow, abogado defensor de Scopes, llamó a declarar a William Bryan, miembro del Congreso encargado de la acusación. Darrow descargó sus dardos envenenados sobre Bryan con insidiosas cuestiones como éstas:

Darrow: Me gustaría hablar de la historia de Josué, (Josué 10:12-14) cuando obligó al Sol a detenerse. Como experto en la Biblia, ¿qué me dice usted? Fue un buen truco, ¿no?

Bryan: Yo no cuestiono ni me río de los milagros del Señor, como lo hacen los que no tienen fe.

D.: Pero, ¿ha pensado seriamente lo que le sucedería a la Tierra si el Sol permaneciera inmóvil? Si dicen que el Sol permaneció inmóvil, es porque tenían cierta idea de que el Sol giraba alrededor de la Tierra. ¿Usted lo cree así? ¿O cree que es la Tierra la que gira alrededor del Sol?

B.: Yo tengo fe en la Biblia.

D.: Ya… y no la tiene en el Sistema Solar.

B.: ¡El Sol se detuvo!

D.: Bien. Si lo que dice sucedió en realidad, la Tierra dejó de girar sobre su eje. Los continentes chocaron unos con otros, las montañas volaron por el espacio, la Tierra se convirtió en ceniza y chocó contra el Sol. ¿Cómo es que en la Biblia no se mencionan estos pequeños detalles?

B.: Nunca se produjeron.

D.: ¡Pero tuvieron que producirse de acuerdo con las leyes de la naturaleza! ¿O es que tampoco cree en las leyes naturales, señor Bryan? ¿Barrería también a Copérnico de las escuelas, junto a Charles Darwin? ¿Anularía usted esa ley desechando todos los adelantos científicos alcanzados desde Josué?

Y el abuelo de Benjamin, cuando terminaba de rememorar esta parte del juicio, sentenciaba en tono burlón:

Me asombra que los “apóstoles de la ciencia” no entiendan algo tan simple: las leyes naturales salieron de la mente de nuestro Padre en los cielos. Puede cambiarlas, anularlas o utilizarlas como le plazca.

¿Habría encontrado Benjamin el modo de sembrar la duda razonable sobre la teoría de la evolución? No obstante, sería más prudente esperar a tener confirmación antes de comunicarle la buena nueva a su padre. No quería precipitarse como le sucedió a Michael Behe, bioquímico defensor del diseño inteligente, que acuñó el concepto de complejidad irreducible. Para Behe, el flagelo bacteriano, la estructura en forma de látigo que permite la locomoción de las bacterias, era una prueba palpable de diseño ya que todas sus partes están distribuidas para cumplir con un propósito, y el conjunto es demasiado complejo para haber evolucionado por selección natural. La ausencia de uno solo de los componentes de este diminuto motor, formado por más de 40 tipos diferentes de proteínas, haría imposible su funcionamiento.

Sin embargo, lo afirmado por Behe fue desmentido, irónicamente, por bacterias como SalmonellaShigella, o como la responsable de matar a un tercio de la población europea a mediados del siglo XIV, Yersinia pestis. La causante de la peste bubónica posee un nanoinyector mediante el que inserta factores patógenos en las células, inyector que tiene en común con el motor del flagelo bacteriano un grupo de proteínas, de manera que no gira como en el caso del flagelo pero le permite funcionar como una eficaz microjeringuilla. Era evidente que determinadas estructuras con una misión dada pueden evolucionar por selección natural, acumulando variaciones y adoptando un nuevo propósito.

Mientras aguardaba novedades del Discovery Institute, la mente de Benjamin era hostigada por pensamientos inquietantes. “¿Qué significan los fósiles? ¿Son especies desaparecidas o una ficción creada para suponer preexistencia? ¿Es la misma ilusión creada en Adán y Eva, cuya cicatriz umbilical cubrían los pintores con la misma hoja de higuera que ocultaba sus genitales?” Benjamin podía imaginar un Dios sutil, incluso ambiguo, pero no podía concebirlo tan perezoso para que la evolución tuviera que hacer la mayor parte del trabajo. Nervioso por la espera, decidió seguir investigando por su cuenta, buscando nuevas evidencias que apoyaran la tesis que envió al Discovery Institute. Tras horas de lectura, revisando docenas de artículos, sus ojos cayeron en el que pondría fin a su búsqueda.

El único modo en que primates y humanos hubieran podido tener un antepasado común requería de la fusión de dos cromosomas ancestrales para formar un único cromosoma. Esto explicaría el descenso de 24 a 23 pares de cromosomas. Este proceso debería haber dejado huellas en el resultante de la aquella fusión. Si un cromosoma posee, como áreas características, telómeros en sus extremos y un centrómero en la zona intermedia, el producto de la fusión de dos cromosomas presentaría dos centrómeros, además de telómeros en la zona central.

 

Estos vestigios, localizados en el cromosoma 2 del genoma humano, provocaron un enorme pesar en Benjamin que aún tuvo la suficiente entereza para comunicar el hallazgo al Discovery Institute. Afortunadamente, no había comentado nada a su padre. Su salud no hubiese resistido una noticia como ésta. En cuanto el correo hubo salido de su bandeja de entrada, desconectó el ordenador poniendo fin a tan amarga investigación. Se encaminó hacia su biblioteca, diciéndose a sí mismo, “no tiene importancia; esto sólo acaba de empezar”. Extrajo de la segunda estantería un volumen antiguo forrado en piel, se acomodó en su sillón, y abriéndolo por el primer capítulo comenzó a leer: “En el principio, creó Dios los cielos y la tierra…”

Referencias:

  1. J. DeRosier, Cell, 1998, 93, 17-20 (doi: 10.1016/S0092-8674(00)81141-1).
  2. Blocker et al., Molecular Microbiology, 2001, 39(3), 652-663 (doi: 10.1046/j.1365-2958.2001.02200.x).
  3. Kramer (director), 1960, La herencia del viento(título original: Inherit the wind) [película], United Artists, Estados Unidos.

 Este post participa en la XXXI Edición del Carnaval de Biología que acoge Retales de Ciencia

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