El fantasma en el ventilador por José Luis Flores.

Ilustraciones de Cristina Puig.

V.T. se encontraba una noche trabajando sólo en el laboratorio, después de que todos los demás hubiesen partido. Mientras estaba sentado escribiendo sobre su mesa empezó a sentirse cada vez más incómodo. Un sudor frío recorrió su cuerpo junto con una sensación de depresión, pero había algo más. Era como si algo estuviese en la habitación con él. No había forma de entrar en el laboratorio sin pasar por el escritorio donde él estaba trabajando. Miró a su alrededor, comprobó que las botellas de gas estaban bien cerradas y no tenían fugas. Las botellas de oxígeno y dióxido de carbono eran usadas por el personal del laboratorio en la fabricación de agentes anestésicos, los cuales podían causar todo tipo de problemas si se manipulaban de manera inapropiada (el laboratorio se dedicaba a la fabricación de anestesia y equipos médicos para cuidados intensivos y soporte vital. V.T. trabajaba como ingeniero de diseño).

Todo estaba en orden así que V.T. se fue a por una taza café y regresó a su mesa. Mientras escribía empezó a tener la sensación de estar siendo observado, y una figura comenzó lentamente a vislumbrarse a su izquierda. No se distinguía bien y estaba en la periferia de su visión, pero parecía moverse como lo haría una persona. La aparición era de color gris y no emitía ningún sonido. Empezó a ponérsele la piel de gallina y a sentir frío. “No sería exagerado decir que estaba aterrorizado”, tal como V.T. recuerda aquel momento. Incapaz de discernir ningún detalle finalmente tuvo el coraje de volverse y mirar la cosa de frente. Tal como se giraba la aparición se desvaneció. Incapaz de explicar lo que le estaba sucediendo decidió abandonar aquel lugar por aquella noche y marcharse a casa.

V.T. ya había oído con anterioridad rumores de que el laboratorio podría estar encantado, y con el tiempo él mismo pudo observar uno o dos fenómenos extraños. Una mañana se cruzó con la limpiadora, que se marchaba claramente angustiada por haber visto algo. Era frecuente tener una cierta sensación de depresión, y algún escalofrío momentáneo. En una ocasión un colega se había girado desde su escritorio para decirle algo a V.T. pensando que estaba junto a él, sorprendiéndose al descubrir que éste se encontraba al otro externo de la habitación. Existía un nivel de malestar creciente, pero los trabajadores estaban tan ocupados en sus tareas que prestaban poca atención.

Tres personas trabajaban en un laboratorio compuesto por dos garajes, uno junto al otro, de unos 3m de ancho por 9m de largo. Al dia siguiente de su visión V.T. participaba en una competición de esgrima, su deporte favorito, y como necesitaba fijar el mango de su espada se fue temprano al laboratorio donde podría trabajar mejor. Era un asunto de cinco minutos así que colocó la espada sobre un tornillo de banco y se fue a buscar aceite para echarle unas gotas. Al regresar encontró el extremo libre de la espada vibrando frenéticamente de arriba hacia abajo. Esto unido a su experiencia de la noche anterior hizo que una vez más sintiese una punzada en el corazón.

 

Fig.1. «Espada». Cristina Puig.

 

Sin embargo, las vibraciones en piezas de metal le eran mucho más familiares que las apariciones así que decidió experimentar un poco. Si la hoja vibraba tenía que estar recibiendo energía, una energía cuya intensidad debía variar a la frecuencia de resonancia de la hoja de la espada. Es un fenómeno bien conocido de la física; las cosas vibran cuando son excitadas a un determinado ritmo que es específico para cada objeto y se conoce como su frecuencia de resonancia. Algunos ejemplos son las copas de vidrio que se rompen cuando se emite un sonido muy agudo junto a ellas. En el pasado las tropas militares rompían formación al cruzar un puente para no provocar una oscilación del mismo con el ritmo del paso de la tropa, que pudiese provocar la entrada en resonancia del puente y su consiguiente ruptura. Recientemente hemos tenido casos de puentes oscilando por causa del viento y alguno ha llegado a romperse.

En el caso de la espada debía tratarse de un sonido, un sonido no audible pero que hacía variar la presión del aire en la habitación al ritmo en que vibraba la espada. Las ondas del sonido se comportan de manera bastante predecible en entornos cerrados o semicerrados como los tubos de un órgano o viejos garajes unidos por un extremo. Así pues V.T. colocó sobre un carrito el tornillo de banco con la espada y fue paseándose por el garaje observando las vibraciones de ésta. Curiosamente la vibración era máxima en el centro de la habitación, donde se encontraba su escritorio, y se hacía cada vez menor al alejarse, desapareciendo por completo en el extremo opuesto del laboratorio. Entonces comprendió: ¡Estaban compartiendo el laboratorio con una onda estacionaria de baja frecuencia!

Las ondas estacionarias son un fenómeno bien conocido. Un ejemplo es la vibración de las cuerdas de una guitarra. Fijadas en los extremos del mástil y la caja su amplitud de vibración es máxima en el centro. Cada cuerda, según su material y grosor, vibra a una determinada frecuencia o nota – Mi La Re Sol Si … cuando la guitarra está afinada -. Al presionar en un lugar determinado del mástil reducimos la longitud de la cuerda y ésta vibra a una frecuencia mayor. La vibración de la cuerda hace variar a su vez la presión del aire dentro de la caja produciendo el sonido de la guitarra (cuando dichas variaciones de presión alcanzan nuestro oído).

La energía de la onda también era máxima en el centro de la habitación. En este caso vibraba el aire (que a su vez hacía vibrar la hoja de la espada) y así midiendo la longitud del laboratorio y conociendo la velocidad del sonido (unos 342 m/s) V.T. pudo determinar una frecuencia de vibración de 19 Hz (herzios o ciclos por segundo). Dicha frecuencia pertenece al rango de los infrasonidos, ya que los sonidos que el oído humano puede discernir van de los 20 a los 20,000 ciclos por segundo, más allá de los cuales hablamos de ultrasonidos.

Ahora cabía hacerse dos preguntas. La primera es ¿de dónde venía esa energía? La segunda es ¿qué efecto causa una onda estacionaria de 19 Hz en las personas? La primera fue contestada rápidamente cuando V.T. discutió el problema y le dijeron que se había instalado un nuevo ventilador en el sistema de extracción de aire. “Apagamos el ventilador y desapareció la onda estacionaria” … y también los fenómenos. La respuesta a la segunda pregunta requirió un poco más de investigación. Fue encontrada en un libro llamado Infrasonido y vibraciones de baja frecuencia (W. Tempest, 1976) en el que se citaban un par de casos interesantes también relacionados con ventiladores en túneles y otros espacios en los que los trabajadores habían manifestado sentir sensaciones extrañas, negándose incluso algunos de ellos a trabajar en dichos lugares.

Las apariciones que se desvanecían al mirarlas de frente fueron explicadas por vibraciones inducidas en el globo ocular. Aunque nuestro oído no es sensible a variaciones de presión en el aire (sonidos) de baja frecuencia, otras partes de nuestro cuerpo sí pueden sentir sus efectos, sobre todo si la intensidad de la vibración es grande. Si fuese un sonido audible nos molestaría tanto que nos iríamos. Al no ser audible no somos conscientes de su presencia, pero podemos sentir sus efectos en especial si es de gran intensidad. Es sabido que infrasonidos de intensidad similar al disparo de una escopeta cerca del oído, pueden ocasionar dificultades respiratorias debido a la vibración inducida en nuestros pulmones. Pero las frecuencias de resonancia de nuestros órganos varían de unas personas a otras por lo que no todos experimentamos las mismas sensaciones ante fenómenos de este tipo. Los pasillos y otros lugares alargados presentan características propicias para la aparición de ondas estacionarias de baja frecuencia, en especial si están cerrados por sus extremos. Un consejo para los cazadores de fantasmas: ¡sed muy cautelosos con los fantasmas que se aparecen en corredores largos atravesados por corrientes de aire!

Conclusión

Lo sobrenatural no existe, pues todo lo que existe es necesariamente natural. Los humanos poseemos sentidos limitados, que se han ido adaptando a lo largo de nuestra evolución para ayudarnos en nuestra supervivencia como especie. Pero no perciben todo lo que acontece a nuestro alrededor. Estamos permanentemente expuestos a muchos más influjos de los que podemos percibir con nuestros sentidos. No obstante, dependiendo de su intensidad nuestro organismo responde de diversas formas que pueden llegar a ocasionar la sensación de percepciones equivocadas. Lo cual no significa que la causa de dichas percepciones sea necesariamente imaginada, creada por nuestra mente. Al contrario, el ejemplo que hemos expuesto es tan real como la causa que originó la percepción de las apariciones. Su correcta interpretación, sin embargo, requirió una buena dosis de coraje y pensamiento racional. El mismo pensamiento racional que necesitamos para avanzar en el conocimiento y no dejarnos llevar por explicaciones simples, que por otro lado son las más fáciles de encontrar. El problema de las explicaciones simples es que, una vez aceptadas impiden la marcha de la razón limitando el esfuerzo necesario para avanzar en el conocimiento de la naturaleza.

Al igual que nadar determinadas distancias en tiempos cortos o escalar montañas no son posibles para todos – de ahí la fama de los que realizan tales proezas – casi todos podemos, con el esfuerzo y el entrenamiento necesarios acercarnos a esas metas. Todo es cuestión de tomar un camino u otro en la vida. Muy pocas personas nacen con una capacidad claramente superior al resto, y lo mismo pasa con las personas de capacidades disminuidas, por eso tanto unos como otros son minorías. Con el pensamiento racional pasa lo mismo. La inteligencia es una característica común del ser humano y todos poseemos aproximadamente la misma. El uso que hacemos de ella es lo que nos diferencia. Al igual que aceptamos que un poco de deporte es bueno para todos sin necesidad de aspirar a convertirnos en deportistas de élite. Con el pensamiento lógico y racional pasa lo mismo; todos podemos trabajarlo diariamente manteniendo un espíritu crítico ante todo lo que escuchamos o leemos. La razón se cultiva. Nuestra realidad es mucho mejor y más diversa que la de los inframundos imaginarios poblados por espíritus o fantasmas. El único espíritu que merece ser alimentado es el de preservar nuestro planeta para que siga siendo una Tierra habitable por mucho tiempo aún.

Fig.2. «Misterio resuelto». Cristina Puig.

 

Referencias

  1. Vic Tandy, Tony R. Lawrence. The Ghost in the Machine. Journal of the Society for Psychical Research. Vol.62, No 851 April 1998
  2. Vic Tandy. Something in the Cellar. Journal of the Society for Psychical Research, Vol. 64.3 No. 860 July 2000

 

Profesoras Araceli Giménez y Ania Munera.

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