Sólo el 10% de las células de nuestro cuerpo son humanas. El 90% restante son bacterias, y la mayor parte de ellas se alojan en nuestro intestino. En inglés llaman “gut feeling” (sentimiento de tripas) a lo que nosotros llamamos corazonada, y quizá su término sea más acertado.

Nuestro sistema digestivo es el único órgano con un sistema nervioso independiente, formado por una red de 100 millones de neuronas que es capaz de seguir activa incluso si se corta el nervio vago – el “cable” que lo conecta con el cerebro –.

Cuando nacemos, nuestro intestino es estéril, pero con el tiempo, cada uno de nosotros desarrollamos un jardín de bacterias intestinales, en función de nuestros genes y de lo que nos vayamos encontrando en el patio del colegio (ambiente).

Estas bacterias seguirán con nosotros toda la vida y más vale que las cuidemos bien, porque pueden afectar nuestro metabolismo, digestión, sistema inmune… se encargan de proteger al sistema digestivo de la invasión con bacterias menos amigables, o extraer ciertas vitaminas – como la vitamina B6 – a partir de la que se sintetizan neurotransmisores, moléculas que actúan de mensajeros interneuronales. De hecho, las bacterias de nuestro intestino son responsables de la producción de la mayoría de la serotonina de nuestro cuerpo, uno de los principales neurotransmisores, cuyo déficit está relacionado con la depresión.

Pero, ¿hasta qué punto podemos echar la culpa a las bacterias de nuestro intestino por nuestro mal humor? En 2011, un estudio publicado en la revista Gastroenterology probó que cambios en estas bacterias podían afectar la forma de comportarse de ratones. Lo que hicieron los investigadores es administrar antibióticos a un grupo de ratones, los antibióticos matarán a muchas de las bacterias de tracto intestinal, cambiando drásticamente la composición. Por lo visto, el comportamiento de los ratones cambió por completo. Los investigadores medían el número de veces que los ratones salían de sus cajas a zonas más iluminadas y abiertas, y por lo visto los ratones eran mucho más atrevidos tras el tratamiento con antibióticos. El efecto parecía ser específico, ya que cuando se pasaban los efectos del antibiótico, los ratones volvían a comportarse de la manera habitual.

Tras esto, se realizó un experimento más. Se escogieron dos líneas diferentes de ratones: una de ellas conocida por ser dócil ytímida y la otra por ser mucho más aventurera. Se criaron algunos ratones de las dos líneas en esterilidad, para que no incorporasen ninguna bacteria, y luego se les inoculó a cada grupo bacterias de la línea contraria. ¿Cómo se comportarían ahora los ratones? Pues sí, unos tomaron las características de los otros y viceversa. Por supuesto, es imposible predecir hasta qué punto se puede traducir esto a los humanos, pero nos da alguna pista.

Para no basar sus resultados simplemente en estas observaciones del comportamiento de los ratones, los científicos también midieron los niveles de diversos neurotransmisores y neurotrofinas – proteínas que favorecen la supervivencia de neuronas – y encontraron cambios en los niveles de varios de ellos. Es más, se encontraron también cambios en la expresión de ciertos genes; parece que las bacterias intestinales estaban siendo capaces, no sólo de modificar los niveles de neurotransmisores excretados en el cerebro, sino también de modificar la expresión de diferentes genes a este nivel.

Pero, ¿cómo es esto posible? Hay varias hipótesis planteadas: la primera es que sea a través del nervio vago, que conecta el sistema nervioso del intestino con el sistema nervioso central. Se sabe que la infección con la bacteria Salmonella estimula la expresión de ciertos genes en el cerebro, y que esto no ocurre si el nervio vago se corta. Otra opción es que haya bacterias que sean capaces de liberar moléculas señalizadoras en el torrente sanguíneo, y que estas moléculas pudieran llegar al cerebro, ejerciendo un efecto determinado.

Lo más curioso de todo este asunto, es que estamos hablando de una carretera de doble sentido: las bacterias pueden afectar al cerebro, pero el cerebro también puede afectar a las bacterias… dando lugar a un bucle. De hecho, hay varios estudios que apuntan en la dirección de que el estrés psicológico puede llegar a eliminar bacterias beneficiosas.

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