Entre 2014 y 2016, más de 11,300 personas murieron en la que es considerada la peor epidemia de Ébola en la historia. Este drama ocurrido en el África Occidental alertó a gobiernos y organizaciones sobre la urgente necesidad no solo de cambiar las estructuras de respuesta a emergencias sanitarias de impacto internacional, sino también de asignar recursos para realizar más investigaciones, desarrollar mejores esquemas de simulación, diagnóstico y tratamiento y facilitar el intercambio de información entre países para la implementación de planes coordinados a nivel global y regional. 

 

Pero la alerta no fue detonada únicamente por la epidemia de Ébola. Muchas alarmas se venían prendiendo hacía ya varios años por epidemiólogos y ecólogos, porque lo que ahí se venía era de fácil visualización para quienes estudian los sistemas naturales y entienden la interdependencia que ocurren entre fenómenos biológicos. Era solo observar cómo la propia naturaleza funciona y comunica sus desequilibrios. 

 

Mientras algunos hacían oídos sordos a las advertencias, otros recibieron el mensaje fuerte y claro y comenzaron de inmediato la configuración de redes de investigación y apoyo internacional que pudieran dar respuesta a los desafíos que patógenos presentes y emergentes representaban para la salud pública, la salud animal y la economía global. El consorcio internacional de Laboratorios de Bioseguridad Zoonótica de Nivel 4 (BSL4ZNet) fue una de estas tempranas iniciativas. 

 

Conversando sobre Pandemia, Ciencia y Sociedad

 

Olga Peña, bacterióloga colombiana, PhD en Microbiología e Inmunología y miembro del Programa Canadiense de Políticas de Ciencia, es actualmente una de las coordinadoras del consorcio internacional BSL4ZNet, concebido para hacer frente a enfermedades zoonóticas emergentes (transmitidas de animal a humanos) y que se encuentra conformado por 17 instituciones gubernamentales del más alto nivel, con laboratorios especializados y enfocados en la Salud Animal y Salud Pública de Australia, Canadá, Alemania, Reino Unido y Estados Unidos. Su trabajo en este consorcio le ha permitido estar en un privilegiado contacto con científicos y directivas de dichas instituciones y conocer de primera mano el intercambio de conocimiento entre países y el proceso de toma de decisiones sustentadas en el conocimiento científico, frente a la actual crisis de salud pública que azota al planeta.

 

– El consorcio de BSL4ZNet fue creado originalmente como una respuesta a lo ocurrido durante la epidemia de Ébola en África, con el objetivo de fomentar la cooperación internacional y aprender conjuntamente de las lecciones dejadas por esta emergencia, desarrollando planes de acción exitosos en preparación para futuras pandemias -dice Olga- porque sabíamos que era solo cuestión de tiempo para que una nueva epidemia, tal vez de mayores proporciones, emergiera.

 

– Bueno, no tardó mucho tiempo en emerger ¡y con qué proporciones!

 

– Era algo previsible. Más del 70% de las enfermedades humanas en los últimos cuarenta años han sido producto de la zoonosis, incluyendo el propio ébola, el SIDA, el SARS y ahora la COVID-19. ¿Y qué factor recurrente hay por detrás de estas epidemias? La mano irresponsable del ser humano, que al destruir ecosistemas y favorecer el comercio ilegal de vida salvaje, forma un coctel fatal que debilita los sistemas naturales y deja la puerta abierta para que estos patógenos se propaguen fuera del control habitual que los ecosistemas inalterados ejercen sobre ellos.

 

Salúd Pública y Planetaria

Foto de Olga Peña

Para una bióloga como yo -le comento a Olga- esta relación estrecha entre salud planetaria y salud pública es un asunto incontrovertible. Sin embargo, no da la impresión de ser una cuestión tan obvia o relevante para muchísima gente.

 

– ¡Así es! Son relaciones muy evidentes para quienes estudiamos estos temas y por eso nuestra preocupación con el incremento de actividades humanas que destruyen el equilibrio de los ecosistemas. Esto va mucho más allá de cualquier reivindicación de carácter político o de la ideología del gobierno de turno y no debía ser instrumentalizado nunca como un discurso estratégico sólo para época electoral. Infelizmente es justamente eso lo que vemos que sucede.

 

Mientras conversábamos, me llamó la atención que este desfase entre ciencia y opinión pública se pareciera de algún modo a la falta de sintonía que hay con la forma como la propia ciencia trabaja y produce conocimiento. Muchos piensan que a la comunidad científica “le está quedando grande” encontrar una cura para la COVID-19 porque no hay drogas o vacunas ya disponibles para el público.

 

Olga tiene una forma interesante de abordar la situación:

 

– Estas cosas me gusta explicárselas a mi hijo -me dice- con historias imaginarias que desarrollamos juntos y que promueven el pensamiento critico y creativo. Por ejemplo, el cuento del pararocas. Un día, súbitamente comienzan a llover rocas del tamaño de pelotas de béisbol por todo el mundo. ¿Qué haces tú para intentar salir de casa? ¿Cubrirte con lo primero que tienes a la mano y morir después por un rocazo en la cabeza? Creo que están de acuerdo en que lo lógico sería pensar primero en crear un pararocas que realmente te proteja, testando combinaciones de materiales, saliendo a probarlo primero unos minutos, luego varias horas, hasta verificar que efectivamente funciona y no te deja con la cabeza al aire en medio del camino. La producción de medicamentos, incluyendo las vacunas, sigue una lógica similar. Normalmente estos procesos demoran hasta 10 años y más. Y no tiene nada que ver con el personal o el dinero invertido, tampoco con la urgencia, incluso en medio de una pandemia. Tiene que ver con que hay que hacer un seguimiento clínico de las personas que están en el estudio por varios meses como mínimo, para tener la certeza de que la vacuna o el medicamento no va a generar efectos secundarios indeseados.

 

– Claro que mientras está lista la vacuna, cada gobierno tiene que poner en marcha planes de contingencia para proteger a la población, sobretodo los grupos vulnerables. ¿Qué piensas sobre la respuesta de los países latinoamericanos frente a los retos que ha impuesto la pandemia?

 

– Algo muy positivo desde mi punto de vista ha sido el impulso que esta crisis le ha dado a la descentralización de la capacidad técnica para responder a emergencias de este tipo, por ejemplo, realizando pruebas diagnósticas en laboratorios de diferentes zonas y no exclusivamente en institutos de salud publica distritales o nacionales. 

 

Antes, cualquier muestra tenía que esperar días y hasta semanas para llegar a un par de centros especializados en las capitales y ser procesada. La pandemia vino a decir “Si no aumentan la capacidad técnica y científica en su país, van a estar en graves problemas”. Nos estamos equipando como debe ser para responder a la contingencia presente, pero también para las que puedan venir en el futuro.

 

Olga hace al final un balance de las diferencias entre países que han tenido mejores y peores resultados en respuesta a la COVID-19 y señala lo que a su parecer son los mensajes que la naturaleza ha venido a darnos durante esta crisis de salud pública global:

 

– ¿Qué ha hecho que la respuesta de un país sea mejor o peor? Mucho tiene que ver con que los gobiernos oyeran a sus expertos e hicieran seguimiento temprano de los datos en su país y comprendieran los peligros asociados dentro de su propio contexto socioeconómico. La pandemia vino a mostrar las profundas diferencias entre los sistemas de salud alrededor del mundo, así como también las disparidades sociales y económicas allí donde habían llegado a un extremo brutal. Pregúntale a un niño que nunca tuvo un computador o internet en su casa, si puede acompañar las clases en línea como lo hace un niño más afortunado para quien la tecnología es tan normal como el propio aire. Pregúntale a un vendedor informal (casi la mitad de la población en Colombia y otros países latinoamericanos vive de la informalidad) si está aprovechando el tiempo de confinamiento para hacer introspección o dedicarse al yoga. Seguramente te responderá que ni siquiera puede mantenerse en confinamiento porque de su trabajo depende la comida en casa todos los días. 

 

Si una crisis de este calibre no es suficiente para abrir nuestros ojos, entonces difícilmente algo más va a hacernos comprender que de lo que se trata todo esto es ni más ni menos que de la continuidad de nuestra propia especie. Pero yo soy optimista y confío en que esta pandemia sea una forma en que la propia naturaleza consiga hacerse eco para despertar conciencias y generar el tan necesario cambio en las políticas sociales y ambientales que garanticen a nuestros hijos y a sus hijos la herencia de un planeta habitable y una sociedad sustentable. 

Salud Pública y Planetaria

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